Codal
nydus/The Turn of the ScrewPublic
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XIII

Lo sorprendente de los niños, en todo caso, era que me besaban con insistencia, con una especie de salvaje inconexión, y que jamás faltaba —el uno o la otra— a la preciosa pregunta que nos había sacado a flote de más de un peligro. «¿Cuándo crees que vendrá? ¿No crees que deberíamos escribir?», no había nada como aquella duda, según nos había enseñado la experiencia, para disimular cualquier incomodidad. «Él», por supuesto, era su tío de Harley Street; y vivíamos con la abundante teoría de que en cualquier momento podía presentarse para unirse a nuestro círculo. Era imposible haber dado menos aliento que él a semejante creencia, pero si no hubiéramos contado con la creencia a la cual recurrir, nos habríamos privado mutuamente de algunas de nuestras mejores representaciones.

Él nunca les escribió —puede que eso fuera egoísta, pero formaba parte de la lisonja de su confianza en mí; pues el modo en que un hombre rinde su más alto tributo a una mujer suele consistir únicamente en la celebración más festiva de una de las leyes sagradas de su propio bienestar—; y yo consideré que cumplía con el espíritu de la promesa de no apelar a él cuando les di a entender a mis pupilas que sus propias cartas no pasaban de ser encantadores ejercicios literarios. Eran demasiado hermosas para ser echadas al correo; las guardé yo misma; las conservo todas hasta el día de hoy. En verdad, esta fue una regla que no hizo sino acrecentar el efecto satírico de verme acosada con la suposición de que él podía aparecer entre nosotras en cualquier momento. Era exactamente como si mis pupilas supieran cuán cercano a lo insoportable —más que cualquier otra cosa— podría llegar a ser eso para mí.

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