No es que en aquella ocasión no esperara algo más, pues estaba tan arraigada como alterada. ¿Había un «secreto» en Bly?, ¿un misterio a lo Udolpho o un pariente loco e innombrable mantenido en un confinamiento insospechado? No sé cuánto tiempo le di vueltas al asunto, o cuánto tiempo, en una confusión de curiosidad y pavor, permanecí en el lugar donde había tenido mi encontronazo; solo recuerdo que, cuando volví a entrar en la casa, la oscuridad ya se había echado encima.
La agitación, en el ínterin, sin duda me había dominado y empujado, pues dando vueltas por los alrededores debí de haber caminado tres millas; pero más tarde iba a sentirme tan abrumada que este mero alba de alarma fue un escalofrío comparativamente humano.
Lo más singular de todo, en realidad —por singular que hubiera sido el resto—, fue el papel que pasé a desempeñar, ya en el vestíbulo, al encontrarme con la señora Grose. Esta imagen acude a mi memoria en el conjunto de mis recuerdos: la impresión, tal como la recibí a mi regreso, del amplio espacio de paneles blancos, resplandeciente bajo la luz de las lámparas y con sus retratos y su alfombra roja, y la expresión de amable sorpresa en el rostro de mi amiga, que me indicó de inmediato que me había estado echando en falta. Comprendí al punto, al contacto con ella, que, con su llana cordialidad y su simple alivio al verme aparecer, no sabía absolutamente nada que pudiera relacionarse con el incidente que yo tenía allí preparado para ella.
No había sospechado de antemano que su apacible rostro me detendría, y de algún modo medí la importancia de lo que había visto por el hecho de sorprenderme a mí mismo dudando en mencionarlo.