Codal
nydus/The Turn of the ScrewPublic
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IX

confesada de mi juventud. Recuerdo que el libro que tenía en la mano era Amelia, de Fielding; también que estaba completamente despierta. Recuerdo además tanto la convicción general de que era horriblemente tarde como la objeción particular de mirar mi reloj. Me imagino, por último, que la cortina blanca que cubría, a la usanza de aquellos días, la cabecera de la pequeña cama de Flora, velaba, tal como me había asegurado mucho antes, la perfección del descanso infantil.

Recuerdo en suma que, aunque estaba profundamente interesado en mi autor, me descubrí, al volver una página y con su sortilegio totalmente desvanecido, levantando la vista de la lectura para mirar fijamente la puerta de mi habitación.

Hubo un momento en el que presté atención, al acordarme de la ligera impresión que había tenido, la primera noche, de que algo indefinible se agitaba en la casa, y noté que el suave soplo de la ventana abierta movía apenas el estor medio bajado.

Luego, con todos los indicios de una sangre fría que debió de parecer magnífica de haber habido alguien para admirarla, dejé mi libro, me puse en pie y, tomando una vela, salí directamente de la habitación y, desde el pasillo, en el cual mi luz apenas causaba efecto, cerré y eché la llave a la puerta sin hacer el menor ruido.

No puedo decir ahora qué me determinó ni qué me guio, pero avancé directamente por el vestíbulo, sosteniendo la vela en alto, hasta que alcancé a ver la alta ventana que presidía el gran recodo de la escalera. En este punto me encontré de manera precipitada consciente de tres cosas. Fueron prácticamente simultáneas, aunque tuvieron destellos de sucesión. * Mi vela, con un movimiento audaz, se apagó, y percibí, junto a la ventana descubierta, que la penumbra cedente del amanecer más temprano la hacía

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