diferencia para mejor, que yo pudiera ver, en el hecho de que hubiera habido en la casa —y sobre todo, ¿durante cuánto tiempo?— una persona de cuya existencia yo no tenía noticia. Duró mientras me enorgullecía un poco con la sensación de que mi cargo exigía que no hubiera tal ignorancia ni tal persona.
Duró mientras este visitante, en todo caso —y hubo un matiz de extraña libertad, según recuerdo, en el signo de familiaridad de no llevar sombrero— pareció fijarse en mí, desde su posición, con precisamente la pregunta, precisamente el escrutinio a través de la luz moribunda, que su propia presencia provocaba. Estábamos demasiado lejos para llamarnos el uno al otro, pero hubo un momento en el que, a menor distancia, algún desafío entre nosotros, rompiendo el silencio, habría sido el resultado correcto de nuestra mutua y directa mirada.
Estaba en uno de los ángulos, el más alejado de la casa, muy erguido, según me pareció, y con ambas manos sobre el saliente. Así lo vi tal como veo las letras que formo en esta página; luego, exactamente, al cabo de un minuto, como para añadir al espectáculo, cambió lentamente de lugar—pasó, mirándome fijamente todo el tiempo, hacia el rincón opuesto de la plataforma.
Sí, tuve la agudísima sensación de que durante este tránsito jamás apartó de mí los ojos, y aún puedo ver en este momento la manera en que su mano, mientras avanzaba, pasaba de una de las almenas a la siguiente.
Se detuvo en la otra esquina, pero menos tiempo, y aun al apartarse me siguió mirando fijamente de manera notable.
Se apartó; eso fue todo lo que supe.