Codal
nydus/The Turn of the ScrewPublic
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XIII

Desde el leve roce, aquella segunda noche en el rellano superior, de la presencia de una mujer al pie de la escalera, no había visto nada, ni dentro ni fuera de la casa, que fuera mejor no haber visto. Había muchos rincones tras los cuales esperaba tropezar con Quint, y muchas situaciones que, de un modo puramente siniestro, habrían favorecido la aparición de la señorita Jessel.

El verano había cambiado, el verano se había ido; el otoño se habí abatido sobre Bly y había apagado la mitad de nuestras luces. El lugar, con su cielo gris y sus guirnaldas marchitas, sus espacios desprotegidos y sus hojas muertas esparcidas, era como un teatro después de la función, todo repleto de programas de mano arrugados.

Había exactamente estados del aire, condiciones de sonido y de quietud, impresiones indescriptibles de la índole del momento propicio, que me devolvían, el tiempo suficiente para captarlo, la sensación del ambiente en el que, aquella tarde de junio al aire libre, había tenido mi primera visión de Quint y en el que también, en aquellos otros instantes, lo había buscado en vano, tras verlo a través de la ventana, en el círculo de arbustos.

Reconocía los signos, los presagios; reconocía el momento, el lugar. Pero estos permanecían desacompañados y vacíos, y yo continuaba sin sufrir molestias; si es que se le puede llamar sin molestias a una joven cuya sensibilidad, de la manera más extraordinaria, no había decaído sino que se había profundizado.

Había dicho en mi charla con la señora Grose sobre aquella espantosa escena de Flora junto al lago —y la había desconcertado al decirlo—, que a partir de ese momento me angustiaría mucho más perder mi poder que conservarlo. Había expresado entonces lo que tenía vívidamente en la mente: la verdad de que, vieran o no realmente los niños —puesto que, es decir,

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