Codal
nydus/The Turn of the ScrewPublic
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XXIV

Mi severidad era toda para su juez, su verdugo; sin embargo, hizo que volviera a apartarse, y ese movimiento hizo que yo, de un solo grito y un salto irreprimible, me precipitará directamente sobre él. Pues allí de nuevo, contra el vidrio, como para arruinar su confesión y detener su respuesta, estaba el espantoso autor de nuestra desdicha⁠: el rostro blanco de la condenación. Sentí un mareo nauseabundo al perder mi victoria y con todo el retorno de mi batalla, de modo que el furor de mi salto verdadero solo sirvió como una gran traición. Lo vi, en medio de mi acto, enfrentarlo con una adivinación, y al percatarme de que incluso ahora él solo intuía, y de que la ventana seguía despejada ante sus propios ojos, dejé que el impulso ardiera para convertir el clímax de su consternación en la prueba misma de su liberación. «¡No más, no más, no más!», chisté —grité—, mientras intentaba presionarlo contra mí, hacia mi visitante.

—¿Está aquí? —jadeó Miles mientras captaba con sus ojos cerrados la dirección de mis palabras. Luego, al dejarme perpleja su extraña «ella» y repetirla yo con un jadeo—: ¡La señorita Jessel, la señorita Jessel!, me la devolvió él con repentina furia.

Capté, estupefacta, su suposición⁠—algún corolario de lo que le habíamos hecho a Flora⁠—, pero esto solo hizo que quisiera demostrarle que aún era mejor que eso.

«¡No es la señorita Jessel! ¡Pero está en la ventana⁠—frente a nosotros. Está ahí⁠—el horror cobarde, por última vez!».

Ante esto, tras un segundo en el que su cabeza hizo el movimiento de la de un perro desconcertado ante un rastro y luego dio una sacudida frenética y pequeña en busca de aire y luz, se me vino encima en un blanco frenesí, desconcertado, mirando fijamente a todas partes en vano y pasando por alto por completo —aunque ahora, a mi parecer, llenaba la habitación como el sabor a veneno— la amplia y abrumadora presencia.

—¿Es él?

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