Tal como en el cementerio con Miles, todo se nos vino encima. Por mucho que hubiera contado con el hecho de que ese nombre jamás se había pronunciado entre nosotros, la mirada rápida y fulminante con que el rostro del niño lo recibió hizo que mi ruptura del silencio se pareciera bastante al estallido de un cristal. A esto se sumó el grito interpositor, como para detener el golpe, que la señora Grose, en el mismo instante, lanzó ante mi violencia: el alarido de una criatura asustada, o más bien herida, que a su vez, a los pocos segundos, se completó con un jadeo mío. Agarré del brazo a mi compañera. «¡Está ahí, está ahí!».
Miss Jessel se antepuso a nosotros en la orilla opuesta exactamente como se había interpuesto la otra vez, y recuerdo, extrañamente, como el primer sentimiento que entonces se produjo en mí, mi estremecimiento de alegría al haber aportado una prueba. Estaba allí, y yo estaba justificada; estaba allí, y yo no era ni cruel ni estaba loca. Estaba allí para la pobre y asustada señora Grose, pero sobre todo estaba allí para Flora; y ningún momento de mi monstruoso tiempo fue tal vez tan extraordinario como aquel en el que le lancé conscientemente —con la sensación de que, demonio pálido y voraz que era, lo captaría y lo comprendería— un inarticulado mensaje de gratitud. Se irguió erguida en el lugar que mi amiga y yo acabábamos de dejar, y no hubo, en todo el largo alcance de su deseo, una sola pulgada de su maldad que se quedara corta.
Esta primera viveza de visión y emoción fue cosa de unos segundos, durante los cuales el pestañeo atónito de la señora Grose hacia donde yo señalaba me pareció una prueba irrefutable de que ella también por fin veía, del mismo modo que llevó mis propios ojos precipitadamente hacia