¿Dónde, todo este tiempo, estuvo Flora? Cuando le planteé la pregunta a Miles, se quedó tocando un minuto antes de responder y luego lo único que pudo decir fue: «Pero, querido, ¿cómo voy a saberlo?», prorrumpiendo además en una alegre risa que, de inmediato, como si fuera un acompañamiento vocal, prolongó en una canción incoherente y extravagante.
Fui derecho a mi habitación, pero su hermana no estaba allí; luego, antes de bajar, eché un vistazo a varias otras. Como no andaba por ninguna parte, seguro que estaría con la señora Grose, en busca de quien, consolada por esa teoría, procedí en consecuencia. La encontré donde la había encontrado la noche anterior, pero respondió a mi rápido requerimiento con una ignorancia absoluta y asustada. Ella solo había supuesto que, después del refrigerio, me había llevado a ambos niños; en lo cual estaba en su total derecho, pues era la primera vez que permitía que la niña se apartara de mi vista sin alguna disposición especial.
Por supuesto, ahora en verdad podría estar con las criadas, de modo que lo inmediato era buscarla sin aire de alarma. Esto lo dispusimos prontamente entre las dos; pero cuando, diez minutos después y en cumplimiento de nuestro acuerdo, nos encontramos en el vestíbulo, fue solo para informarnos mutuamente de que, tras discretas averiguaciones, no habíamos logrado dar con su rastro en absoluto. Durante un minuto allí, lejos de las miradas ajenas, intercambiamos alarmas mudas, y pude sentir con cuánto interés me devolvía mi amiga todas las que desde el principio le había transmitido.
“Estará arriba —dijo al cabo—, en una de las habitaciones que no habéis registrado”.
“No; está a distancia”. Me había decidido. “Ha salido”.