Nuestro compañero, a esto, había respondido con una extraña y rápida afectación de decoro, y volvían a estar, con la señora Grose ya de pie, unidos, por decirlo así, en una dolida oposición contra mí. Flora continuó clavándome los ojos con su pequeña máscara de reprobación, y aun en aquel minuto rogué a Dios que me perdonara por parecer ver que, mientras permanecía allí agarrada con fuerza al vestido de nuestra amiga, su incomparable belleza infantil había fracasado de repente, se había esfumado por completo. Ya lo he dicho antes: era literal, era horriblemente dura; se había vuelto vulgar y casi fea. «No sé lo que quiere decir. No veo a nadie. No veo nada. Nunca he... ¡Creo que es cruel! ¡No me gusta!». Luego, tras esta manifestación, que bien podría haber sido la de una niña impertinente y vulgar de la calle, abrazó más fuertemente a la señora Grose y enterró en sus faldas la espantosa carita. En esa postura dejó escapar un lamento casi furioso: «¡Llévame lejos, llévame lejos... ay, sácame de su lado!».
—¿De mí? —jadeé.
—¡De ti, de ti! —exclamó ella.
Hasta la señora Grose me miró consternada, mientras que a mí no me quedaba más remedio que volver a comunicarme con la figura que, en la orilla opuesta, sin un solo movimiento, tan rígidamente inmóvil como si estuviera captando, al otro lado del intervalo, nuestras voces, estaba allí tan vívidamente para mi desgracia como no lo estaba para mi auxilio. La desgraciada niña había hablado exactamente como si hubiera obtenido de alguna fuente externa cada una de sus hirientes palabritas, por lo que yo, en la total desesperación de todo lo que tenía que aceptar, no pude hacer otra cosa que negar con la cabeza tristemente ante ella. —Si alguna vez hubiera dudado, toda mi duda habría desaparecido por completo en este momento. He estado viviendo con la mísera verdad, y ahora esta no ha hecho sino cerrarse demasiado en torno a mí. Por supuesto que os he perdido: me he metido por medio, y habéis visto —bajo el dictado de ella—