como he señalado, afrontar ese misterio sin un solo pesar. Tal vez fuera incluso más cercano a la verdad decir que—sin mediar palabra—él mismo lo había aclarado. Había hecho que toda la acusación resultara absurda. Mi conclusión florecía allí con el auténtico sonrojo de rosa de su inocencia: él era demasiado fino y hermoso para aquel pequeño, espantoso e impuro mundo escolar, y había pagado un precio por ello. Pensé con agudeza que la conciencia de tales diferencias, de tales superioridades de calidad, siempre, por parte de la mayoría—que podía incluir incluso a directores estúpidos y sórdidos—, se vuelve infaliblemente vengativa.
Ambos niños tenían una docilidad (era su único defecto, y nunca hizo de Miles un pelele) que los mantenía —¿cómo expresarlo?— casi impersonales y desde luego totalmente inpunibles. ¡Eran como los querubines de la anécdota, que no tenían —al menos moralmente— nada que fustigar! Recuerdo haber sentido con Miles en especial como si no tuviera, por decirlo así, pasado alguno. De un niño pequeño esperamos uno escaso, pero había en este hermoso hijito algo extraordinariamente sensible, y a la vez extraordinariamente feliz, que, más que en ninguna criatura de su edad que haya visto, me dio la impresión de empezar de nuevo cada día. Jamás había sufrido por un segundo. Tomé esto como una refutación directa de que realmente hubiera sido castigado. Si hubiera sido malo, se habría llevado su merecido, y yo me lo habría llevado de rebote; habría encontrado el rastro. No encontré absolutamente nada, y por lo tanto era un ángel. Jamás hablaba de su escuela, jamás mencionaba a un compañero o a un maestro; y yo, por mi parte, estaba demasiado disgustada para aludir a ellos. Por supuesto, estaba bajo el hechizo, y lo maravilloso es que, aun entonces, sabía perfectamente que lo estaba. Pero me entregué a él; era un antídoto contra cualquier dolor, y yo tenía más de un dolor. Por entonces recibía cartas perturbadoras de mi casa, donde las cosas no iban bien. Pero con mis niños, ¿qué cosas en el mundo importaban? Esa era la pregunta que solía hacerle a mis fragmentarios momentos de retiro. Me deslumbraba su hermosura.