“Sobre vidas inocentes, pequeñas y preciosas. Estaban a tu cargo.”
“¡No, no estaban en el mío!”, replicó ella redonda y angustiadamente.
“El amo creía en él y lo colocó aquí porque se suponía que no estaba bien y el aire del campo le sentaba tan bien. Así que él tenía voz y voto en todo. Sí” —me lo soltó de golpe—, “¡hasta en lo tocante a ellos!”.
“¿Ellos, esa criatura?” Tuve que sofocar una especie de aullido. “¡Y tú pudiste soportarlo!”
“No. No pude entonces, ¡y no puedo ahora!”. Y la pobre mujer rompió a llorar.
Un control riguroso, a partir del día siguiente, había de seguirlos, como he dicho; sin embargo, ¡con qué frecuencia y con qué pasión, durante una semana, volvimos una y otra vez sobre el tema!
Por mucho que lo hubiéramos discutido aquella noche de domingo, yo seguía obsesionada en las horas inmediatamente posteriores, y en especial —pues puede imaginarse si dormí— por la sombra de algo que ella no me había contado. Yo misma no me había guardado nada, pero había una palabra que la señora Grose se había guardado. Estaba segura, además, por la mañana, de que esto no se debía a una falta de franqueza, sino a que por todas partes había temores.
Me parece en verdad, en retrospectiva, que cuando el sol del día siguiente ya iba alto, yo había interpretado inquietamente en los hechos que teníamos ante nosotros casi todo el significado que iban a recibir de acontecimientos posteriores y más crueles. Lo que me ofrecieron por encima de todo fue precisamente la siniestra figura del hombre vivo —¡el muerto ya esperaría un tiempo!— y de los meses que había pasado ininterrumpidamente en Bly, los cuales, sumados, constituían un trecho formidable.