Codal
nydus/The Turn of the ScrewPublic
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XX

la niña. La revelación entonces de la manera en que Flora se encontraba afectada me sobresaltó, en verdad, mucho más de lo que lo habría hecho el encontrarla también meramente agitada, pues un desconcierto directo no era por supuesto lo que yo había esperado. Preparada y en guardia como de hecho la había dejado nuestra persecución, reprimiría cualquier delación; y me estremecí, por lo tanto, en el acto, ante mi primer atisbo de aquella en particular que no había previsto. Verla, sin una convulsión en su pequeño rostro rosado, ni siquiera fingir que miraba en la dirección del prodigio que yo anunciaba, sino, en lugar de eso, volverse hacia mí con una expresión de dura e inmóvil gravedad, una expresión absolutamente nueva e inaudita y que parecía leerme, acusarme y juzgarme⁠—esto fue un golpe que de algún modo convirtió a la mujercita misma en la mismísima presencia capaz de hacerme temblar.

Me acobardé, aun cuando mi certidumbre de que ella veía por completo nunca fue mayor que en aquel instante, y en la imperiosa necesidad de defendería la llamé apasionadamente como testigo.

«¡Está ahí, pequeña infeliz, ahí, ahí, ahí, y la ves tan bien como me ves a mí!».

Le había dicho poco antes a la señora Grose que en esos momentos no era una niña, sino una mujer muy, muy anciana, y tal descripción de ella no podría haber quedado confirmada de manera más sorprendente que en la forma en que, como única respuesta a esto, me mostró sencillamente, sin una concesión, sin una admisión por parte de sus ojos, un semblante de una reprobación cada vez más profunda, de hecho, de repente, por completo inmutable.

Por entonces —si es que logro reconstruir el asunto en absoluto— me encontraba más aterrorizada por lo que bien podría llamar sus maneras que por cualquier otra cosa, aunque al mismo tiempo me percaté de que

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