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nydus/The Turn of the ScrewPublic
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VIII

Lo que le había dicho a la señora Grose era bastante verdad: había en el asunto que le había expuesto profundidades y posibilidades que me faltaba resolución para sondear; de modo que cuando volvimos a encontrarnos en la maravilla de aquello, estábamos de común acuerdo sobre el deber de resistirnos a las fantasías extravagantes. Íbamos a mantener la cabeza sobre los hombros, aunque no conserváramos nada más, por difícil que pudiera ser ante lo que, en nuestra prodigiosa experiencia, era lo menos cuestionable.

Tarde aquella noche, mientras la casa dormía, tuvimos otra charla en mi habitación, momento en el que me dio la razón por completo en cuanto a que era indiscutible que yo había visto exactamente lo que había visto.

Para acorralarla perfectamente en ese punto, descubrí que solo tenía que preguntarle cómo, si me lo había «inventado», se daba el caso de que era capaz de ofrecer, de cada una de las personas que se me aparecían, una descripción que revelaba, hasta el último detalle, sus marcas distintivas⁠—un retrato que, al mostrárselo, ella había reconocido y nombrado al instante.

Deseaba, por supuesto —¡y poca culpa se le podía echar!—, enterrar por completo el asunto; y yo me apresuré a asegurarle que mi propio interés en él había adoptado ahora violentamente la forma de una búsqueda del modo de escapar de él. Coincidí con ella en la probabilidad de que con la recurrencia —pues dábamos la recurrencia por sentada— terminaría por acostumbrarme a mi peligro, y confesé claramente que mi exposición personal se había vuelto de repente la menor de mis incomodidades. Era mi nueva sospecha lo que resultaba intolerable; y, sin

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