una pausa de toda vida, que nada tenía que ver con el ruido, mayor o menor, que en ese momento pudiéramos estar haciendo y que yo podía oír a través de cualquier exaltación intensificada, recitación acelerada o golpe más sonoro del piano. Fue entonces cuando los otros, los de fuera, estuvieron allí. Aunque no eran ángeles, «pasaban», como dicen los franceses, haciéndome temblar, mientras se quedaban, ante el temor de que dirigieran a sus víctimas más jóvenes algún mensaje aún más infernal o alguna imagen más vívida de las que habían considerado suficientemente buenas para mí.
Lo que resultaba más imposible de erradicar era la cruel idea de que, fuera lo que fuese lo que yo hubiera visto, Miles y Flora veían más —cosas terribles e insospechadas que surgían de pasajes espantosos de interrelación en el pasado. Semejantes cosas dejaban naturalmente en la superficie, por el momento, una frialdad que negábamos a gritos haber sentido; y los tres habíamos adquirido, a base de repetición, un entrenamiento tan magnífico que acudíamos, cada vez, de forma casi automática, para marcar el cierre del incidente, a los mismos idénticos movimientos.