Con ese talante vagué por todas partes durante la hora u hora y media siguiente y parecí, no me cabe duda, como si estuviera dispuesta a cualquier embestida. Así, para beneficio de quien pudiera interesar, desfilé con el corazón enfermo.
La persona a la que menos parecía importarle resultó ser, hasta la hora de la cena, el pequeño Miles mismo. Mis paseos no me habían permitido, entretanto, verle ni por asomo, pero habían contribuido a hacer más público el cambio que se estaba operando en nuestra relación como consecuencia de que él, el día anterior frente al piano, me hubiera tenido, en interés de Flora, tan embelesada y embaucada.
El sello de la publicidad se lo había dado por supuesto por completo el confinamiento y la marcha de ella, y el cambio en sí venía anunciado ahora por nuestra inobservancia de la costumbre habitual de la sala de estudio.
Ya había desaparecido cuando, en mi descenso, empujé su puerta, y abajo me enteré de que había desayunado —en presencia de un par de sirvientas— con la señora Grose y su hermana. Había salido entonces, según dijo, a dar un paseo; nada que pudiera haber expresado mejor, reflexioné, su sincera opinión sobre la abrupta transformación de mi cargo. Lo que no permitiría que abarcara este cargo estaba aún por definirse: había un extraño alivio, al menos —me refiero para mí en particular—, en la renuncia a una pretensión.
Si tanto había aflorado a la superficie, apenas exagero al decir que lo que quizás había aflorado más alto era lo absurdo de prolongar por nuestra parte la ficción de que yo aún tenía algo que enseñarle. Saltaba suficientemente a la vista que, mediante pequeños trucos tácitos con los que, incluso más que yo, velaba por mi dignidad, había tenido yo que suplicarle que me dispensara de esforzarme por estar a su altura en el terreno de su verdadera capacidad.