Hizo falta, por supuesto, algo más que aquel pasaje en particular para colocarnos juntos en presencia de aquello con lo que ahora teníamos que vivir como pudiéramos: mi terrible vulnerabilidad a las impresiones del orden tan vívidamente ejemplificado, y el conocimiento de mi compañera, en adelante —un conocimiento mitad consternación y mitad compasión—, de dicha vulnerabilidad.
Había habido, esta tarde, tras haberme dejado la revelación durante una hora tan postrada —había habido, para cualquiera de los dos, ninguna asistencia a ningún oficio que no fuera un pequeño oficio de lágrimas y votos, de oraciones y promesas, el clímax de la serie de mutuos desafíos y compromisos que de inmediato se había seguido de nuestra retirada conjunta a la sala de estudio y de habernos encerrado allí para aclararlo todo.
El resultado de haberlo aclarado todo fue simplemente reducir nuestra situación a la más absoluta rigidez de sus elementos. Ella misma no había visto nada, ni la sombra de una sombra, y nadie en la casa, salvo la institutriz, se hallaba en la situación de la institutriz; sin embargo, aceptó sin impugnar directamente mi sanción mental la verdad tal como se la di, y terminó por mostrarme, sobre esta base, una ternura sobrecogida, una expresión de la consciencia de mi más que cuestionable privilegio, cuyo propio aliento ha permanecido conmigo como el de la más dulce de las caridades humanas.
Lo que quedó establecido entre nosotras, en consecuencia, aquella noche, fue que creíamos poder soportar las cosas juntas; y ni siquiera estaba segura de que, a pesar de su exención, fuera ella quien llevaba la peor parte de la carga.