demasiado?». Habría sido fácil enredarse de un modo triste y desaforado acerca de cuánto podría yo delatar; pero el verdadero balance, siento, de las horas de paz que aún lograba disfrutar era que el encanto inmediato de mis compañeros constituía un embrujo aún eficaz incluso bajo la sombra de la posibilidad de que fuera fingido. Pues si se me ocurría que a veces podía despertar sospechas con los pequeños arrebatos de mi más intensa pasión por ellos, también recuerdo haberme preguntado si no advertiría yo algo extraño en el aumento perceptible de sus propias muestras de
Me demostraban en este período un cariño extravagante y antinatural; el cual, al fin y al cabo, según podía reflexionar, no era más que una graciosa respuesta de niños a quienes se abrumaba y abrazaba perpetuamente. El homenaje del que hacían alarde lograba en verdad, para mis nervios, funcionar tan bien como si nunca me hubiera parecido, por decirlo así, pillarles literalmente una intencionalidad en él. Jamás, creo, habían deseado hacer tantas cosas por su pobre protectora; quiero decir —a pesar de que aprendían sus lecciones cada vez mejor, lo que naturalmente era lo que más podía complacerla—, en cuanto a distraerla, entretenerla, sorprenderla; leyéndole pasajes, contándole historias, representando sus charadas, saltando sobre ella, disfrazados de animales y personajes históricos, y sobre todo asombrándola con las «piezas» que se habían aprendido secretamente de memoria y que podían recitar interminablemente.
Jamás llegaría al fondo —aunque me dejara llevar ahora mismo— del prodigioso comentario íntimo, todo él sujeto a una corrección todavía más íntima, con el que, en aquellos días, fui marcando sus horas llenas. Me habían demostrado desde el principio una facilidad para todo, una aptitud general que, tomando un nuevo impulso, alcanzaba vuelos notables. Asimilaban sus pequeñas tareas como si las amaran, y se entregaban, por la mera exuberancia del talento, a los más espontáneos milagros de la memoria. No solo surgían ante mí como tigres y como