disimulada que bien habría podido, de haber durado demasiado, convertirse en algo parecido a la locura. Lo que me salvó, según veo ahora, fue que se transformó en algo totalmente distinto. No duró como suspense; fue reemplazado por pruebas horribles. Pruebas, digo, sí, desde el momento en que hube de verdad tomado las riendas.
Este momento databa de una hora de la tarde que di en pasar en los jardines a solas con la menor de mis alumnas. Habíamos dejado a Miles dentro, sobre el cojín rojo de un profundo asiento de ventana; había querido terminar un libro, y a mí me había alegrado fomentar un propósito tan loable en un joven cuyo único defecto era un ocasional exceso de inquietud. Su hermana, por el contrario, se había mostrado ávida de salir, y yo paseé con ella durante media hora en busca de sombra, pues el sol aún estaba alto y el día era excepcionalmente cálido.
De nuevo sentí con ella, a medida que avanzábamos, cómo, al igual que su hermano, se ingeniaba —lo cual era el encanto en ambos niños— para dejarme a solas sin parecer abandonarme y acompañarme sin parecer rodearme.
Jamás eran inoportunos y, sin embargo, nunca se mostraban apáticos.
Mi atención hacia ellos consistía en realidad en verlos divertirse enormemente sin mí: esto era un espectáculo que parecían preparar activamente y que me atraía como a un admirador activo.
Caminaba por un mundo de su invención —no tenían la menor ocasión de recurrir al mío—, de modo que mi tiempo se ocupaba únicamente en ser, para ellos, alguna persona o cosa notable que el juego del momento requería y que no era más que, gracias a mi superior, a mi exaltado sello, una sinecura feliz y muy distinguida. Olvido lo que era en la ocasión presente; solo recuerdo que era algo muy importante y muy callado y que Flora jugaba con mucha intensidad. Estábamos en la orilla del lago y, como hacía poco que habíamos empezado geografía, el lago era el mar de Azov.