Codal
nydus/The Turn of the ScrewPublic
Página 144 de 181
Table of Contents

XIX

cuando habíamos recorrido la mitad del trayecto —un proceso tortuoso y pesado, en un terreno muy accidentado y por un sendero ahogado por la maleza—, me detuve para darle aliento. La sostuve con un brazo agradecido, asegurándole que podía ayudarme enormemente, y esto nos relanzó, de modo que en el transcurso de pocos minutos más llegamos a un punto desde el cual descubrimos que el barco estaba donde yo había supuesto. Había sido dejado intencionadamente lo más oculto posible y estaba atado a una de las estacas de una cerca que llegaba, justo ahí, hasta la orilla y que había servido de ayuda para desembarcar. Reconocí, al mirar el par de remos cortos y gruesos, bastante seguros y subidos, el carácter prodigioso de la hazaña para una niña pequeña; pero yo había vivido, para entonces, demasiado tiempo entre maravillas y había jadeado al compás de ritmos mucho más vivos. Había una puerta en la cerca, por la cual pasamos, y eso nos llevó, tras un breve intervalo, más hacia campo abierto. Entonces: «¡Ahí está!», exclamamos ambos al mismo tiempo.

Flora, a poca distancia, se detuvo ante nosotros sobre la hierba y sonrió como si su actuación hubiera concluido. Lo siguiente que hizo, sin embargo, fue inclinarse de golpe y arrancar —como si fuera lo único para lo que estaba allí— un ramillete grande y feo de helecho marchito. Al instante tuve la certeza de que acababa de salir del bosquecillo. Nos esperó sin dar un solo paso, y fui consciente de la solemnidad desacostumbrada con la que enseguida nos acercamos a ella. Sonrió y sonrió, y nos encontramos; pero todo transcurrió en un silencio a estas alturas flagrantemente ominoso. Mrs. Grose fue la primera en romper el encanto: se arrojó de hinojos y, atraía la niña hacia su pecho, abarcó en un largo abrazo el cuerpecito tierno y dócil. Mientras duró aquella mudo convulsión, no pude hacer otra cosa que mirarla —lo cual hice con tanta más atención cuanto que vi la carita de Flora asomarse para mirarme por encima del hombro de nuestra compañera. Ahora estaba seria —el temblor había desaparecido—; pero eso intensificó la punzada con la que en aquel momento envidiaba a Mrs. Grose la sencillez de su relación.

144