aún no estaba definitivamente demostrado—, prefería enormemente, como medida de salvaguarda, la plenitud de mi propia exposición. Estaba lista para conocer lo peor de lo peor que pudiera saberse. Lo que entonces había atisbado de forma desagradable era que mis ojos podían cerrarse justo cuando los de ellos estuvieran más abiertos. Bien, mis ojos estaban cerrados, al parecer, por el momento —un desenlace por el cual parecía una blasfemia no dar gracias a Dios. Existía, por desgracia, una dificultad al respecto: le habría dado las gracias con toda el alma de no haber tenido en idéntica medida esta convicción sobre el secreto de mis alumnos.
¿Cómo puedo reconstruir hoy los extraños pasos de mi obsesión? Hubo momentos de nuestro convivir en los que habría estado dispuesto a jurar que, literalmente, en mi presencia, pero con mi percepción directa de ello clausurada, tenían visitantes que les eran conocidos y bien recibidos. Fue entonces cuando, de no haberme retenido la sola probabilidad de que semejante ofensa resultara mayor que la ofensa a evitar, mi júbilo habría estallado. «¡Están aquí, están aquí, pequeños mequetrefes —habría gritado—, y ya no podéis negarlo!». Los pequeños mequetrefes lo negaban con todo el volumen añadido de su sociabilidad y su ternura, justo en cuyas profundidades cristalinas —como el destello de un pez en un arroyo— asomaba la burla de su ventaja.
El golpe, en verdad, había penetrado en mí aún más hondo de lo que sabía en la noche en que, al asomarme para ver a Quint o a la señorita Jessel bajo las estrellas, había contemplado al muchacho cuyo descanso vigilaba y que me había traído de inmediato —que de golpe, allí mismo, me lo había dirigido— el encantadorévuelo de mirada con que, desde los almenares sobre mí, había jugado la espantosa aparición de Quint. Si de sustos se trataba, mi descubrimiento en esta ocasión me había asustado más que cualquier otro, y fue en el estado de nervios producido por él como hice mis actuales deducciones.