El hechizo mágico de un libro
La peste negra acrecentó mi influencia entre los pobres indios, y aumentó mis negocios y mi responsabilidad. Algunos de los nuevos contactos con los europeos se volvieron tan estrechos que aumentaron considerablemente mis obligaciones morales.
Hice conocimiento del señor Polak en el restaurante vegetariano, del mismo modo que había hecho el del señor West. Una tarde, un joven que comía en una mesa un poco más allá me envió su tarjeta expresando su deseo de verme. Lo invité a venir a mi mesa, cosa que hizo.
—Soy redactor jefe de The Critic —dijo—. Cuando leí su carta a la prensa sobre la peste, sentí un fuerte deseo de verle. Me alegra tener esta oportunidad.
La sinceridad del Sr. Polak me atrajo hacia él. Esa misma noche nos conocimos. Parecíamos tener puntos de vista muy similares sobre las cosas esenciales de la vida. Le gustaba la vida sencilla. Poseía una facultad maravillosa para llevar a la práctica cualquier cosa que atrajera su intelecto. Algunos de los cambios que había introducido en su vida fueron tan rápidos como radicales.
Indian Opinion se volvía cada vez más costoso día a día. El primer informe del Sr. West fue alarmante. Escribía:
«No espero que el negocio rinda el beneficio que usted había considerado probable. Me temo que incluso pueda haber una pérdida. Los libros de contabilidad no están en orden. Hay fuertes atrasos por cobrar, pero no hay forma de entenderlos. Habrá que hacer una reorganización considerable. Pero todo esto no debe alarmarlo. Intentaré arreglar las cosas lo mejor posible. Me quedaré, haya o no beneficios».
El señor West bien pudo haberse marchado cuando descubrió que no había ganancias, y no lo habría censurado. De hecho, tenía derecho a acusarme de haber descrito el negocio como rentable sin las pruebas adecuadas. Pero jamás pronunció ni una sola palabra de queja.
Tengo la impresión, sin embargo, de que este descubrimiento llevó al señor West a considerarme un incauto. Me había limitado a aceptar el cálculo del sargento Madanjit sin importarme examinarlo, y le había dicho al señor West que esperara ganancias.
Ahora comprendo que un funcionario público no debe hacer afirmaciones de las cuales no se haya cerciorado.
Ante todo, un devoto de la verdad debe extremar la prudencia. Permitir que un hombre crea algo que uno no ha verificado plenamente es comprometer la verdad.
Me duele tener que confesar que, a pesar de este conocimiento, no he logrado vencer del todo mi hábito crédulo, del cual es responsable mi ambición de hacer más trabajo del que puedo abarcar. Esta ambición ha sido a menudo motivo de preocupación más para mis colaboradores que para mí mismo.
Al recibir la carta del señor West, salí hacia Natal. Había depositado mi más absoluta confianza en el señor Polak. Vino a despedirme a la estación y me dejó un libro para leer durante el viaje, el cual, según dijo, seguro que me gustaría. Era Unto This Last, de Ruskin.
El libro era imposible de soltar una vez que lo hube empezado. Me atrapó.
De Johannesburgo a Durban había un viaje de veinticuatro horas. El tren llegó allí por la noche. No pude conciliar el sueño en toda la noche. Decidí cambiar mi vida de acuerdo con los ideales del libro.
Este fue el primer libro de Ruskin que leí jamás. Durante los días de mi educación prácticamente no había leído nada fuera de los libros de texto, y después de lanzarme a la vida activa tuve muy poco tiempo para leer. Por lo tanto, no puedo presumir de tener muchos conocimientos literarios. Sin embargo, creo que no he perdido mucho debido a esta restricción forzosa. Por el contrario, se puede decir que la lectura limitada me permitió digerir a fondo lo que leí. De estos libros, el que provocó una transformación instantánea y práctica en mi vida fue Unto This Last. Más tarde lo traduje al guyaratí, titulándolo Sarvodaya (el bienestar de todos).
Creo que descubrí algunas de mis convicciones más profundas reflejadas en este gran libro de Ruskin, y por eso me cautivó tanto y me hizo transformar mi vida.
Un poeta es aquel que puede hacer surgir el bien latente en el pecho humano. Los poetas no influyen en todos por igual, ya que no todos están evolucionados en la misma medida.
Las enseñanzas de Unto This Last [Hasta este último] las entendí como:
- Que el bien del individuo está contenido en el bien de todos.
- Que el trabajo de un abogado tiene el mismo valor que el del barbero, puesto que todos tienen el mismo derecho a ganarse la vida con su trabajo.
- Es decir, que una vida de trabajo, la vida del labrador y del artesano, es la vida que vale la pena ser vivida.
El primero lo conocía. Del segundo me había dado cuenta vagamente. El tercero jamás se me había ocurrido. Unto This Last me dejó clarísimo que el segundo y el tercero estaban contenidos en el primero. Me levanté con el alba, dispuesto a llevar estos principios a la práctica.