Ubicación en llamas
Aunque a mis compañeros y a mí se nos relevó del cuidado de los pacientes, aún quedaban muchas cosas derivadas de la peste negra de las que ocuparse.
Me he referido a la negligencia de la Municipalidad respecto a la localidad. Pero estaba muy despierta en lo que concernía a la salud de sus ciudadanos blancos. Había gastado grandes sumas para la conservación de la salud de estos y ahora derrochaba el dinero a manos llenas para erradicar la peste.
A pesar de los muchos pecados de omisión y comisión contra los indios de los que había responsabilizado a la Municipalidad, no pude evitar encomiar su solicitud hacia los ciudadanos blancos, y le presté toda la ayuda que pude en sus loables esfuerzos.
Tengo la impresión de que, de haber retenido mi cooperación, la tarea habría sido más difícil para la Municipalidad, y esta no habría dudado en usar la fuerza armada y hacer lo peor.
Pero todo eso fue evitado. Las autoridades municipales quedaron complacidas con el comportamiento de los indios, y gran parte del trabajo futuro relacionado con las medidas contra la peste se simplificó. Utilicé toda la influencia que pude ejercer sobre los indios para hacer que se sometieran a los requisitos del Municipio. No fue nada fácil para los indios llegar tan lejos, pero no recuerdo que nadie haya resistido mi consejo.
El lugar quedó bajo una fuerte custodia; entrar y salir sin permiso era imposible. Mis compañeros de trabajo y yo teníamos pases libres de entrada y salida.
Se tomó la decisión de evacuar a toda la población del lugar, para que viviera bajo lona durante tres semanas en una llanura abierta a unas trece millas de Johannesburgo, y luego prender fuego al lugar.
Instalarse bajo lona con provisiones y otras necesidades iba a tomar cierto tiempo, y durante ese intervalo fue necesaria una guardia.
La gente tenía un miedo terrible, pero mi constante presencia les servía de consuelo. Mucha pobre gente solía acumular sus escasos ahorros bajo tierra. Hubo que desenterrarlos. No tenían banco alguno, no conocían ninguno. Me convertí en su banquero.
Oleadas de dinero fluyeron hacia mi oficina. Era imposible cobrar honorarios por mis gestiones en semejante crisis. Como pude, salí adelante con el trabajo. Con decía muy bien al director del banco. Le comuniqué que tendría que depositar en su entidad estos fondos.
Los bancos no estaban en absoluto deseosos de aceptar grandes cantidades de cobre y plata. También existía el temor de que los empleados bancarios se negaran a tocar el dinero procedente de una zona afectada por la peste. Pero el director me dio todas las facilidades posibles. Se decidió desinfectar todo el dinero antes de enviarlo al banco.
Hasta donde puedo recordar, cerca de sesenta mil libras fueron depositadas de este modo. Aconsejé a aquellos que tenían suficiente dinero que lo colocaran en depósito a plazo fijo, y aceptaron el consejo. El resultado fue que algunos de ellos se acostumbraron a invertir su dinero en los bancos.
Los residentes del lugar fueron trasladados en un tren especial a la granja Klipspruit, cerca de Johannesburgo, donde el municipio les suministró provisiones a expensas públicas.
Esta ciudad bajo lonas parecía un campamento militar.
La gente, no acostumbrada a esta vida de campamento, estaba angustiada y asombrada por los preparativos, pero no tuvo que soportar ningún inconveniente en particular. Yo solía ir en bicicleta a visitarlos todos los días.
A las veinticuatro horas de su estancia, olvidaron toda su miseria y comenzaron a vivir alegremente. Siempre que iba allí, los encontraba divirtiéndose con cantos y alegría. Una estancia de tres semanas al aire libre evidentemente mejoró su salud.
Por lo que recuerdo, el lugar fue reducido a cenizas al día siguiente mismo de su evacuación. El Municipio no mostró la menor inclinación a salvar nada del incendio.
Por este mismo tiempo, y por la misma razón, el Municipio quemó toda su madera en el mercado, sufriendo una pérdida de unas diez mil libras. El motivo de esta drástica medida fue el hallazgo de unas ratas muertas en el mercado.
El Ayuntamiento tuvo que incurrir en cuantiosos gastos, pero logró detener el avance de la peste, y la ciudad volvió a respirar tranquila.