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nydus/The Story of My Experiments with TruthPublic
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Table of Contents

XXIII

A Sudáfrica de nuevo

Manilal recuperó la salud, pero vi que la casa de Girgaum no era habitable. Era húmeda y tenía poca luz. Así que, en consulta con Shri Revashankar Jagjivan, decidí alquilar algún bungaló bien ventilado en un suburbio de Bombay.

Deambulé por Bandra y Santa Cruz. El matadero de Bandra impidió que nuestra elección recayera allí. Ghatkopar y los lugares cercanos estaban demasiado lejos del mar. Por fin dimos con un buen bungaló en Santa Cruz, que alquilamos por ser el mejor desde el punto de vista de la salubridad.

Saqué un abono de primera clase de Santa Cruz a Churchgate, y recuerdo haber sentido con frecuencia cierto orgullo de ser el único pasajero de primera clase en mi compartimento.

A menudo caminaba hasta Bandra para tomar desde allí el tren rápido directo a Churchgate.

Me fue en la profesión mejor de lo que había esperado. Mis clientes sudafricanos a menudo me confiaban algún trabajo, y era suficiente para permitirme salir adelante.

Todavía no había conseguido ningún trabajo en el Tribunal Superior, pero asistía al «moot» (juicio simulado) que solía celebrarse en aquellos días, aunque nunca me aventuré a participar en él. Recuerdo que Jamiatram Nanabhai tomaba una parte prominente. Como otros recién llegados a la abogacía, me propuse asistir a la vista de los casos en el Tribunal Superior, más, mucho me temo, por disfrutar de la brisa soporífera que llegaba directamente del mar que por aumentar mis conocimientos. Observé que no era el único que disfrutaba de este placer. Parecía ser la moda y, por tanto, nada de lo que avergonzarse.

Sin embargo, comencé a hacer uso de la biblioteca del Tribunal Superior y a hacer nuevas amistades, y sentí que antes de mucho conseguiría trabajo en el Tribunal Superior.

Así pues, mientras que por un lado empezaba a sentirme algo más tranquilo respecto a mi profesión, por el otro Gokhale, cuyos ojos siempre estaban puestos en mí, había estado ocupado haciendo sus propios planes en mi nombre. Se asomaba a mi despacho dos o tres veces por semana, a menudo en compañía de amigos a quienes quería que yo conociera, y me mantenía al corriente de su método de trabajo.

Pero se podrá decir que Dios nunca ha permitido que ninguno de mis propios planes se mantenga en pie. Los ha dispuesto a su manera.

Justo cuando parecía estar estableciéndome como me lo había propuesto, recibí un telegrama inesperado desde Sudáfrica: «Se espera a Chamberlain aquí. Regrese inmediatamente».

Recordé mi promesa y enviué un telegrama para decir que estaría listo para partir en el momento en que me proveyeran los fondos. Respondieron con prontitud, abandoné las oficinas y partí hacia Sudáfrica.

Tuve la idea de que el trabajo allí me mantendría ocupado durante al menos un año, así que conservé el bungaló y dejé allí a mi esposa y a mis hijos.

Creía entonces que los jóvenes emprendedores que no encontraban oportunidades en el país debían emigrar a otras tierras. Por lo tanto, me llevé a cuatro o cinco jóvenes de ese tipo, uno de los cuales era Maganlal Gandhi.

Los Gandhi eran y son una gran familia. Quería averiguar quiénes deseaban abandonar el camino trillado y aventurarse en el extranjero. Mi padre solía dar cabida a varios de ellos en algún servicio del Estado. Yo quería que se liberaran de este hechizo. No podía ni quería conseguirles otro empleo; quería que fueran autosuficientes.

Pero a medida que mis ideales avanzaban, traté de persuadir también a estos jóvenes para que adaptaran sus ideales a los míos, y obtuve el mayor éxito al guiar a Maganlal Gandhi. Pero hablaré de esto más adelante.

La separación de la esposa y los hijos, la ruptura de un hogar establecido y el paso de lo seguro a lo incierto⁠: todo esto resultó doloroso por un momento, pero yo ya me había habituado a una vida incierta. Pienso que es un error esperar certezas en este mundo, donde todo lo demás, excepto Dios que es la Verdad, es una incertidumbre. Todo lo que aparece y sucede en torno y alrededor nuestro es incierto, transitorio. Pero hay un Ser Supremo oculto en ello como una Certeza, y uno sería bendecido si lograra vislumbrar esa certeza y atar su carro a ella. La búsqueda de esa Verdad es el summum bonum de la vida.

Llegué a Durban ni un día antes de tiempo. Había trabajo esperándome. Se había fijado la fecha para que la delegación fuera a ver al señor Chamberlain. Tuve que redactar el memorial que se le iba a presentar y acompañar a la delegación.

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