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nydus/The Story of My Experiments with TruthPublic
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VII. Algunas experiencias

Algunas experiencias

El puerto de Natal es Durban, también conocido como Puerto Natal. Abdulla Sheth estaba allí para recibirme.

Cuando el barco atracó en el muelle y vi a la gente subir a bordo para encontrarse con sus amigos, observé que a los indios no se les tenía en mucha consideración. No pude dejar de notar cierta arrogancia en la manera en que se comportaban con Abdulla Sheth quienes lo conocían, y eso me dolió.

Abdulla Sheth ya se había acostumbrado. Quienes me miraban lo hacían con cierta curiosidad. Mi vestimenta me diferenciaba de los demás indios. Llevaba una levita y un turbante, una imitación del turbante bengalí (pugree).

Me llevaron a las dependencias de la firma y me enseñaron la habitación destinada para mí, al lado de la de Abdulla Sheth. Él no me entendía. Yo no le entendía a él. Leyó los documentos que su hermano me había enviado y se sintió más desconcertado aún. Pensó que su hermano le había mandado un elefante blanco.

Mi estilo de vestir y de vida le pareció tan caro como el de los europeos. Por entonces no había ningún trabajo en particular que se me pudiera encomendar. Su pleito se estaba tramitando en Transvaal. No tenía ningún sentido enviarme allí inmediatamente. ¿Y hasta qué punto podía confiar en mi capacidad y honradez? Él no iba a estar en Pretoria para vigilarme.

Los acusados estaban en Pretoria y, por lo que él sabía, podían ejercer una influencia indebida sobre mí. Y si no se me iba a confiar el trabajo relacionado con el caso en cuestión, ¿qué trabajo se me daría para hacer, ya que todo lo demás lo podían hacer mucho mejor sus dependientes? A los dependientes se les podía pedir cuentas si obraban mal. ¿A mí se me podría pedir cuentas si también resultaba que me equivocaba? Así pues, si no se me podía encomendar ningún trabajo relacionado con el caso, tendría que mantenerme sin hacer nada.

Abdulla Sheth era prácticamente analfabeto, pero poseía un rico caudal de experiencia. Tenía un intelecto agudo y era consciente de ello. Con la práctica había aprendido apenas el inglés suficiente para fines de conversación, pero eso le servía para llevar a cabo todos sus negocios, ya fuera tratar con directores de bancos y comerciantes europeos o explicar su caso a sus abogados. Los indios lo tenían en muy alta estima. Su firma era entonces la mayor, o en todo caso una de las mayores, de las firmas indias. Con todas estas ventajas tenía una desventaja: por naturaleza era desconfiado.

Él estaba orgulloso del islam y le encantaba disertar sobre filosofía islámica. Aunque no sabía árabe, su conocimiento del Sagrado Corán y de la literatura islámica en general era bastante bueno.

Ilustraciones tenía en abundancia, siempre listas a la mano. El trato con él me proporcionó una buena cantidad de conocimientos prácticos sobre el islam. Cuando nos acercamos más el uno al otro, tuvimos largas discusiones sobre temas religiosos.

A los dos o tres días de mi llegada, me llevó a conocer el tribunal de Durban. Allí me presentó a varias personas y me sentó junto a su abogado. El magistrado no dejaba de mirarme y por fin me pidió que me quitara el turbante. Me negué a hacerlo y abandoné el tribunal.

Así que también aquí me aguardaban los combates.

Abdulla Sheth me explicó por qué a algunos indios se les exigía quitarse el turbante. Los que vestían el traje musulmán podían, según dijo, conservar sus turbantes, pero los demás indios, al entrar en un tribunal, tenían por regla quitárselos.

Debo entrar en algunos detalles para hacer comprensible esta sutil distinción. En el transcurso de estos dos o tres días pude ver que los indios estaban divididos en diferentes grupos.

  • Uno era el de los comerciantes musulmanes, que se hacían llamar «árabes».
  • Otro era el de los dependientes hindúes, y aún otro el de los parsis.

Los dependientes hindúes ni fu ni fa, a menos que echaran su suerte con los «árabes». Los dependientes parsis se hacían llamar persas. Estas tres clases mantenían ciertas relaciones sociales entre sí.

Pero con mucho, la mayor clase era la compuesta por trabajadores indios contratados y liberados, tanto tamiles, como telugu y del norte de la India. Los trabajadores contratados eran aquellos que iban a Natal mediante un acuerdo para servir durante cinco años, y allí llegaron a ser conocidos como girmitiyas, a partir de girmit, que era la forma corrompida de la palabra inglesa «agreement». Las otras tres clases no tenían más que relaciones comerciales con esta clase.

Los ingleses los llamaban «coolies», y como la mayoría de los indios pertenecían a la clase trabajadora, a todos los indios se les llamaba «coolies» o « samis ». «Sami» es un sufijo tamil que aparece tras muchos nombres tamiles, y no es otra cosa que la palabra sánscrita Swami , que significa amo.

Por lo tanto, siempre que un indio se ofendía por ser tratado de « sami » y tenía la suficiente agudeza, intentaba devolverle la gentileza de este modo:

«Usted puede llamarme sami , pero olvida que sami significa amo. ¡Yo no soy su amo!».

Algunos ingleses se encogían ante esto, mientras que otros se enojaban, maldecían al indio y, si había oportunidad, incluso lo apaleaban; pues para él « sami » no era más que un término despectivo. ¡Interpretarlo como que significaba amo equivalía a un insulto!

Se me conoció por ende como un «abogado culí». A los comerciantes se les conocía como «comerciantes culíes». Así se olvidó el significado original de la palabra «culí», que pasó a ser un apelativo común para todos los indios.

El comerciante musulmán se resentía y decía:

«No soy un culí, soy un árabe», o «Soy un comerciante»,

y el inglés, si era educado, le pedía disculpas.

La cuestión de llevar el turbante tenía una gran importancia en este estado de cosas. Verse obligado a quitarse el turbante indio equivalía a tragarse un insulto. Así que pensé que era mejor despedirme del turbante indio y empezar a usar un sombrero inglés, lo que me ahorraría el insulto y la desagradable controversia.

Pero Abdulla Sheth desaprobó la idea. Dijo: «Si hace algo por el estilo, tendrá un efecto muy malo. Comprometerá a quienes insisten en llevar turbante indio. Y un turbante indio le sienta bien en la cabeza. Si lleva un sombrero inglés, pasará por camarero».

Había sabiduría práctica, patriotismo y un poco de estrechez de miras en este consejo. La sabiduría era evidente, y él no habría insistido en el turbante indio de no ser por patriotismo; la despectiva referencia al camarero delataba cierta estrechez de miras. Entre los indios contratados había tres clases: hindúes, musulmanes y cristianos. Estos últimos eran hijos de indios contratados que se habían convertido al cristianismo. Ya en 1893 su número era elevado. Vestían a la inglesa, y la mayoría se ganaba la vida trabajando como camareros en hoteles. La crítica de Abdulla Sheth al sombrero inglés iba dirigida a esta clase. Se consideraba degradante trabajar como camarero en un hotel. Esta creencia persiste todavía hoy entre muchos.

En general, el consejo de Abdulla Sheth me gustó. Escribí a la prensa sobre el incidente y defendí el uso de mi turbante en el tribunal. El asunto se discutió ampliamente en los periódicos, que me describieron como un «visitante no deseado».

Así pues, el incidente me proporcionó una inesperada publicidad en Sudáfrica a los pocos días de mi llegada. Algunos me apoyaron, mientras que otros criticaron duramente mi temeridad.

Mi turbante permaneció conmigo prácticamente hasta el final de mi estancia en Sudáfrica.

Cuándo y por qué dejé de usar cualquier tocado en Sudáfrica, lo veremos más adelante.

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