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nydus/The Story of My Experiments with TruthPublic
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Table of Contents

XXVI

Pasión por la unidad

La campaña de Kheda se puso en marcha mientras la mortífera guerra en Europa aún continuaba. Ahora había llegado una crisis, y el virrey había invitado a varios líderes a una conferencia de guerra en Delhi. A mí también se me había instado a asistir a la conferencia. Ya me he referido a las cordiales relaciones entre lord Chelmsford, el virrey, y yo mismo.

En respuesta a la invitación fui a Delhi. Tenía, sin embargo, objeciones para tomar parte en la conferencia, siendo la principal la exclusión de ella de líderes como los hermanos Ali. Ellos estaban entonces en la cárcel. Los había conocido solo una o dos vez, aunque había oído mucho sobre ellos. Todo el mundo había hablado muy bien de sus servicios y su valor. No había entrado entonces en estrecho contacto con Hakim Saheb, pero el director Rudra y Dinabandhu Andrews me habían hablado mucho en su alabanza. Había conocido al señor Shuaib Qureshi y al señor Khwaja en la Liga Musulmana en Calcuta. También había entrado en contacto con los doctores Ansari y Abdur Rehman. Buscaba la amistad de los buenos musulmanes, y estaba deseoso de comprender la mente musulmana a través del contacto con sus representantes más puros y patriotas. Por lo tanto, nunca necesité ninguna presión para ir con ellos, dondequiera que me llevasen, con el fin de entablar un contacto íntimo con ellos.

Me había dado cuenta bastante pronto en Sudáfrica de que no existía una amistad genuina entre los hindúes y los musulmanes. Jamás desperdicié una sola oportunidad para eliminar los obstáculos en el camino hacia la unidad. No estaba en mi naturaleza aplacar a nadie mediante la adulación o a costa del propio respeto.

Pero mis experiencias en Sudáfrica me habían convencido de que sería en la cuestión de la unidad entre hindúes y musulmanes donde mi ahimsa sería sometida a su prueba más severa, y de que dicha cuestión presentaba el campo más amplio para mis experimentos con el ahimsa. Esa convicción sigue ahí. En cada momento de mi vida me doy cuenta de que Dios me está poniendo a prueba.

Teniendo convicciones tan firmes sobre la cuestión a mi regreso de Sudáfrica, valoré el contacto con los hermanos. Pero antes de que pudiera establecerse un trato más cercano, fueron aislados.

El Maulana Mahomed Ali solía escribirme largas cartas desde Betul y Chhindwada siempre que sus carceleros se lo permitían. Solicité permiso para visitar a los hermanos, pero fue en vano.

Fue después del encarcelamiento de los hermanos Ali cuando unos amigos musulmanes me invitaron a asistir a la sesión de la Liga Musulmana en Calcuta.

Habiéndome pedido que hablara, les dirigí la palabra sobre el deber de los musulmanes de conseguir la liberación de los hermanos.

Poco tiempo después de esto, aquellos amigos me llevaron al Colegio Musulmán de Aligarh. Allí invité a los jóvenes a convertirse en fakirs al servicio de la patria.

A continuación inicié correspondencia con el Gobierno para la liberación de los hermanos. A este respecto, estudié las opiniones y actividades de los hermanos sobre el califato (Khilafat). Mantuve conversaciones con amigos musulmanes.

Sentí que, si quería convertirme en un verdadero amigo de los musulmanes, debía prestar toda la ayuda posible para lograr la liberación de los hermanos y un arreglo justo de la cuestión del califato. No me correspondía a mí entrar en los méritos absolutos de la cuestión, siempre que no hubiera nada inmoral en sus demandas.

En cuestiones de religión las creencias difieren, y la de cada uno es suprema para sí mismo. Si todos tuvieran la misma creencia sobre todos los asuntos de religión, habría una sola religión en el mundo.

Con el tiempo descubrí que la demanda musulmana sobre el califato no solo no iba en contra de ningún principio ético, sino que el primer ministro británico había admitido la justicia de dicha demanda. Sentí, por tanto, la obligación de prestar toda la ayuda que pudiera para asegurar el debido cumplimiento de la promesa del primer ministro. La promesa se había dado en términos tan claros que el examen de la demanda musulmana en cuanto a sus méritos solo era necesario para satisfacer mi propia conciencia.

Amigos y críticos han criticado mi actitud con respecto a la cuestión del Khilafat. A pesar de las críticas, siento que no tengo motivos para revisarla ni para lamentar mi cooperación con los musulmanes. Adoptaría la misma actitud si surgiera una ocasión similar.

Cuando, por lo tanto, fui a Delhi, tenía la firme intención de exponer el caso musulmán ante el virrey. La cuestión del califato no había adquirido entonces la forma que adoptó posteriormente.

Pero al llegar a Delhi surgió otra dificultad en el camino de mi asistencia a la conferencia.

Dinabandhu Andrews planteó una cuestión sobre la moralidad de mi participación en la conferencia de guerra. Me habló de la controversia en la prensa británica acerca de los tratados secretos entre Inglaterra e Italia.

¿Cómo podía yo participar en la conferencia si Inglaterra había celebrado tratados secretos con otra potencia europea?, —preguntó el señor Andrews.

Yo no sabía nada de los tratados. La palabra de Dinabandhu Andrews bastaba para mí.

Por consiguiente, dirigí una carta a lord Chelmsford en la que le explicaba mis dudas para participar en la conferencia.

Me invitó a debatir la cuestión con él.

Mantuve una larga conversación con él y con su secretario privado, el señor Maffey.

Como resultado, acepté tomar parte en la conferencia.

Este era, en efecto, el argumento del virrey:

“Ciertamente usted no creerá que el virrey sabe todo lo que hace el Gabinete británico. Yo no pretendo, nadie pretende, que el Gobierno británico sea infalible. Pero si usted coincide en que el Imperio ha sido, en términos generales, una fuerza para el bien, si cree que la India se ha beneficiado, en general, de su vínculo con Gran Bretaña, ¿no admitiría que es el deber de todo ciudadano indio ayudar al Imperio en la hora de su necesidad? Yo también he leído lo que los periódicos británicos dicen sobre los tratados secretos. Puedo asegurarle que no sé nada más allá de lo que dicen los diarios, y usted conoce los bulos que estos periódicos suelen difundir. ¿Puede usted, basándose en un simple reportaje de prensa, negar ayuda al Imperio en una coyuntura tan crítica? Puede plantear los asuntos morales que guste y desafiarnos tanto como quiera después de la conclusión de la guerra, hoy no”.

El argumento no era nuevo. Me pareció nuevo debido a la forma y a la hora en que fue presentado, y accedí a asistir a la conferencia. En cuanto a las demandas musulmanas, debía dirigir una carta al virrey.

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