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nydus/The Story of My Experiments with TruthPublic
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En la India

En la India

De camino a Bombay, el tren se detuvo en Allahabad durante cuarenta minutos. Decidí aprovechar el intervalo para dar un paseo en coche por la ciudad. También tenía que comprar algo de medicina en una farmacia. El farmacéutico estaba medio dormido y tardó una eternidad en preparar la medicina, con el resultado de que, cuando llegué a la estación, el tren acababa de partir. El jefe de estación había tenido la amabilidad de detener el tren un minuto por mí, pero al no verme llegar, había ordenado prudentemente que bajaran mi equipaje del tren.

Tomé una habitación en el hotel de Kellner y decidí empezar a trabajar allí mismo.

Había oído hablar mucho de The Pioneer, que se publicaba en Allahabad, y tenía entendido que era un opositor a las aspiraciones indias. Tengo la impresión de que el señor Chesney Jr. era el editor en ese momento.

Quería asegurar la ayuda de todas las partes, así que le escribí una nota al señor Chesney contándole cómo había perdido el tren y pidiéndole una cita para poder marcharme al día siguiente. Me dio una inmediatamente, de lo cual me alegré mucho, especialmente cuando descubrí que me escuchó con paciencia.

Prometió mencionar en su periódico cualquier cosa que yo pudiera escribir, pero añadió que no podía prometer respaldar todas las demandas indias, por cuanto estaba obligado a comprender y dar la debida importancia al punto de vista de los colonos también.

—Basta —dije—, con que estudie la cuestión y la discuta en su periódico. No pido ni deseo otra cosa que la más estricta justicia que se nos debe.

El resto del día lo pasé dando una vuelta, admirando la magnífica confluencia de los tres ríos, el Triveni, y planeando el trabajo que tenía por delante.

Esta inesperada entrevista con el director de The Pioneer sentó las bases de la serie de incidentes que finalmente condujeron a que me lincharan en Natal.

Fui directo a Rajkot sin detenerme en Bombay y comencé a hacer los preparativos para escribir un panfleto sobre la situación en Sudáfrica.

La redacción y publicación del folleto tomó alrededor de un mes. Tenía una cubierta verde y más tarde se le conoció como el Folleto Verde.

En él tracé un cuadro deliberadamente moderado de la condición de los indios en Sudáfrica. El lenguaje que utilicé fue más moderado que el de los dos panfletos a los que me he referido antes, ya que sabía que las cosas de las que se oye hablar desde la distancia parecen más grandes de lo que son.

Se imprimieron diez mil ejemplares que fueron enviados a todos los periódicos y líderes de todos los partidos en la India. The Pioneer fue el primero en reseñarlo en su editorial.

Un resumen del artículo fue cableado por Reuter a Inglaterra, y un resumen de ese resumen fue cableado a Natal por la oficina de Reuter en Londres. Este cable no superaba las tres líneas impresas. Era una edición en miniatura, pero exagerada, del cuadro que yo había trazado sobre el trato dispensado a los indios en Natal, y no estaba en mis propias palabras.

Más adelante veremos el efecto que esto produjo en Natal. Entretanto, todos los periódicos importantes comentaron extensamente la cuestión.

Preparar estos folletos para su envío no fue poca cosa. También habría sido costoso si hubiera contratado ayuda remunerada para preparar los sobres, etc.

Pero ideé un plan mucho más sencillo. Reuní a todos los niños de mi vecindario y les pedí que ofrecieran voluntariamente dos o tres horas de trabajo por la mañana, cuando no tenían escuela. Ellos accedieron de buena gana a hacerlo.

Prometí bendecirles y darles, como recompensa, sellos de correos usados que había coleccionado. Terminaron el trabajo en un abrir y cerrar de ojos. Ese fue mi primer experimento teniendo a niños pequeños como voluntarios. Dos de aquellos pequeños amigos son hoy mis colaboradores.

Por entonces estalló la peste en Bombay y cundió el pánico por todas partes. Temíase un brote en Rajkot. Como sentía que podía ser de alguna utilidad en el departamento de saneamiento, ofrecí mis servicios al Estado. Fueron aceptados y se me incluyó en el comité designado para estudiar el asunto.

Hice especial hincapié en la limpieza de los retretes, y el comité decidió inspeccionarlos en cada calle. La gente humilde no puso objeción a que se inspeccionaran sus letrinas y, lo que es más, llevó a cabo las mejoras que se le sugirieron. Pero cuando fuimos a inspeccionar las casas de la alta sociedad, algunos incluso nos negaron la entrada, por no hablar de escuchar nuestras sugerencias.

Era nuestra experiencia común que los retretes de los ricos estaban más sucios. Eran oscuros, apestaban y hedían a inmundicia y gusanos. Las mejoras que sugeríamos eran muy sencillas, por ejemplo: poner cubos para los excrementos en lugar de dejar que cayeran al suelo; procurar que la orina también se recogiera en cubos, en vez de permitir que se filtrara en la tierra, y derribar el tabique entre las paredes exteriores y los retretes, para dar a estos más luz y aire y permitir que el barrendero los limpiara debidamente.

Las clases altas pusieron numerosas objeciones a esta última mejora y, en la mayoría de los casos, no se llevó a cabo.

El comité tuvo que inspeccionar también las viviendas de los intocables. Solo un miembro del comité estuvo dispuesto a acompañarme allí.

Para el resto, era algo absurdo visitar esas viviendas, y más aún inspeccionar sus letrinas. Pero para mí aquellas viviendas supusieron una agradable sorpresa. Esa era la primera vez en mi vida que visitaba un lugar así.

Los hombres y mujeres de allí se sorprendieron al vernos. Les pedí que nos dejaran inspeccionar sus letrinas.

“¡Letrinas para nosotros!”, exclamaron asombrados. “Nosotros vamos y hacemos nuestras necesidades al aire libre. Las letrinas son para ustedes, los grandes”.

—Bueno, entonces, ¿no les importará que inspeccionemos sus casas? —pregunté.

“Sea usted muy bienvenido, señor. Puede ver cada rincón y recoveco de nuestras casas. Las nuestras no son casas, son madrigueras”.

Entré y me alegró ver que los interiores estaban tan limpios como los exteriores. Las entradas estaban bien barridas, los suelos elegantemente untados con estiércol de vaca y los pocos cacharros y sartenes estaban limpios y relucientes. No había temor de que se desatara un brote en esos aposentos.

En los aposentos de la clase alta nos topamos con una letrina que no puedo dejar de describir con cierto detalle.

Cada habitación tenía su propia canaleta, que se usaba tanto para el agua como para la orina, lo que significaba que toda la casa apestaba. Pero una de las casas tenía un dormitorio de dos plantas con una canaleta que se estaba utilizando tanto de urinario como de letrina. La canaleta tenía una tubería que bajaba hasta la planta baja. No era posible soportar el hedor en esta habitación.

Cómo podían dormir allí los ocupantes, se lo dejo imaginar a los lectores.

El comité también visitó la Haveli vaishnava. El sacerdote a cargo de la Haveli era muy amigo de mi familia. Así que accedió a dejarnos inspeccionar todo y sugerir cuantas mejoras nos parecieran convenientes. Había una parte de las instalaciones de la Haveli que él mismo nunca había visto. Era el lugar donde los desperdicios y las hojas usadas como platos se arrojaban por encima de la pared. Era el refugio de cuervos y milanos. Los letrinas estaban, por supuesto, sucias. No estuve el tiempo suficiente en Rajkot para ver cuántas de nuestras sugerencias llevó a cabo el sacerdote.

Me dolía ver tanta suciedad en un lugar de culto.

Uno esperaría una observancia esmerada de las reglas de sanidad e higiene en un lugar que se considera sagrado.

Los autores de los Smritis, como ya sabía entonces, han puesto el mayor énfasis en la limpieza tanto interna como externa.

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