Efervescencia religiosa
Llega el momento de volver de nuevo a mis experiencias con amigos cristianos.
El Sr. Baker estaba empezando a preocuparse por mi futuro. Me llevó a la Convención de Wellington. Los cristianos protestantes organizan este tipo de reuniones cada pocos años para la iluminación religiosa o, en otras palabras, la autopurificación. Uno puede llamar a esto restauración o avivamiento religioso. La Convención de Wellington era de este tipo. El presidente era el famoso teólogo del lugar, el reverendo Andrew Murray. El Sr. Baker esperaba que la atmósfera de exaltación religiosa en la Convención, y el entusiasmo y la sinceridad de las personas que asistían a ella, me llevarían inevitablemente a abrazar el cristianismo.
Pero su última esperanza residía en la eficacia de la oración. Tenía una fe inquebrantable en la oración. Estaba firmemente convencido de que Dios no podía menos que escuchar una oración ofrecida con fervor. Solía citar los ejemplos de hombres como George Muller, de Bristol, que dependía enteramente de la oración incluso para sus necesidades temporales.
Escuché su discurso sobre la eficacia de la oración con atención imparcial y le aseguré que nada podría impedirme abrazar el cristianismo si llegaba a sentir la llamada. No tuve ninguna duda en darle esta garantía, ya que desde hacía tiempo me había educado para seguir la voz interior. Me encantaba someterme a ella. Actuar en contra de la misma me resultaría difícil y doloroso.
Así que fuimos a Wellington. Al señor Baker le costó lo suyo tener por compañero a “un hombre de color” como yo. Tuvo que sufrir inconvenientes en muchas ocasiones únicamente por mi culpa.
Tuvimos que interrumpir el viaje por el camino, ya que uno de los días coincidió que era domingo, y el señor Baker y su grupo no querían viajar en sabbat. Aunque el gerente del hotel de la estación aceptó hospedarme tras muchas discusiones, se negó rotundamente a dejarme entrar en el comedor.
El señor Baker no era hombre de ceder fácilmente. Defendía los derechos de los huéspedes de un hotel. Pero yo podía ver su apuro. En Wellington también me alojé con el señor Baker. A pesar de sus mayores esfuerzos por ocultar los pequeños inconvenientes a los que se veía sometido, yo los notaba todos.
Esta Convención fue una asamblea de devotos cristianos. Me encantó su fe. Conocí al reverdeando Murray. Vi que muchos estaban orando por mí. Me gustaban algunos de sus himnos, eran muy dulces.
La Convención duró tres días. Pude comprender y apreciar la devoción de quienes asistieron a ella. Pero no vi razón alguna para cambiar mi creencia—mi religión. Me era imposible creer que pudiera ir al cielo o alcanzar la salvación solo haciéndome cristiano. Cuando se lo dije con franqueza a algunos de los buenos amigos cristianos, se quedaron horrorizados. Pero no había remedio.
Mis dificultades radicaban en un plano más profundo. Me costaba creer que Jesús fuera el único hijo encarnado de Dios, y que solo aquel que creyera en él obtendría la vida eterna.
Si Dios podía tener hijos, todos nosotros éramos Sus hijos. Si Jesús era como Dios, o Dios mismo, entonces todos los hombres eran como Dios y podían ser Dios mismo. Mi razón no estaba preparada para creer literalmente que Jesús, mediante su muerte y su sangre, redimió los pecados del mundo. Metafóricamente podía haber algo de verdad en ello.
Por otra parte, según el cristianismo, solo los seres humanos tenían alma, y no los demás seres vivos, para los cuales la muerte significaba la extinción completa; mientras que yo sostenía una creencia contraria. Podía aceptar a Jesús como un mártir, la encarnación del sacrificio y un maestro divino, pero no como el hombre más perfecto jamás nacido. Su muerte en la cruz fue un gran ejemplo para el mundo, pero mi corazón no podía aceptar que hubiera en ella nada parecido a una virtud misteriosa o milagrosa.
La vida piadosa de los cristianos no me aportaba nada que la vida de los hombres de otras fes no hubiera logrado darme. Había visto en otras vidas exactamente la misma reforma de la que había oído hablar entre los cristianos. Filosóficamente no había nada extraordinario en los principios cristianos. Desde el punto de vista del sacrificio, me parecía que los hindúes superaban con creces a los cristianos. Me era imposible considerar el cristianismo como una religión perfecta o la mayor de todas las religiones.
Compartí este tumulto mental con mis amigos cristianos cada vez que se presentaba la oportunidad, pero sus respuestas no lograron satisfacerme.
Así pues, si no podía aceptar el cristianismo ni como la religión perfecta ni como la mayor de todas, tampoco estaba convencido entonces de que el hinduismo lo fuera.
Los defectos hindúes eran agobiantemente visibles para mí. Si la intocabilidad podía ser parte del hinduismo, no podía ser más que una parte podrida o una excrecencia.
No alcanzaba a comprender la razón de ser de una multitud de sectas y castas. ¿Qué significado tenía decir que los Vedas eran la Palabra inspirada de Dios? Si estaban inspirados, ¿por qué no también la Biblia y el Corán?
Así como amigos cristianos se esforzaban por convertirme, también lo hacían los amigos musulmanes. Abdulla Sheth no había cesado de incitarme a estudiar el islam y, por supuesto, siempre tenía algo que decir acerca de su belleza.
Expresé mis dificultades en una carta a Raychandbhai. También mantuve correspondencia con otras autoridades religiosas en la India y recibí respuestas de ellas.
La carta de Raychandbhai me calmó un poco. Me pidió que tuviera paciencia y que estudiara el hinduismo más a profundidad. Una de sus frases decía más o menos lo siguiente:
«Tras un análisis desapasionado de la cuestión, estoy convencido de que ninguna otra religión posee el pensamiento sutil y profundo del hinduismo, su visión del alma ni su caridad».
Compré la traducción del Corán hecha por Sale y comencé a leerla. También conseguí otros libros sobre el islam. Me comuniqué con amigos cristianos en Inglaterra. Uno de ellos me presentó a Edward Maitland, con quien inicié correspondencia. Me envió The Perfect Way, un libro que había escrito en colaboración con Anna Kingsford. El libro era un rechazo a la creencia cristiana actual. También me envió otro libro, The New Interpretation of the Bible. Me gustaron ambos. Parecían respaldar el hinduismo. El reino de Dios está en vosotros, de Tolstói, me abrumó. Dejó una impresión duradera en mí. Ante el pensamiento independiente, la profunda moralidad y la veracidad de este libro, todos los libros que me había dado el Sr. Coates parecieron desvanecerse en la insignificancia.
Mis estudios me llevaron así por un rumbo en el que no habían pensado mis amigos cristianos. Mi correspondencia con Edward Maitland se prolongó bastante, y la con Raychandbhai continuó hasta su muerte. Leí algunos de los libros que él me envió. Estos incluían Panchikaran, Maniratnamala, el «Mumukshu Prakaran» del Yogavasishtha, el Shaddarshana Samuchchaya de Haribhadra Suri y otros.
Aunque tomé un camino que mis amigos cristianos no habían previsto para mí, les he quedado eternamente en deuda por la búsqueda religiosa que despertaron en mí. Siempre atesoraré el recuerdo de su contacto. Los años que siguieron me tenían reservados más, y no menos, de tales dulces y sagrados contactos.