La «rebelión» zulú
Aun después de haber creído que me había establecido en Johannesburgo, no iba a tener una vida sosegada. Justo cuando sentía que debía estar respirando en paz, ocurrió un acontecimiento inesperado.
Los periódicos trajeron la noticia del estallido de la «rebelión» zulú en Natal. Yo no guardaba ningún rencor contra los zulues; no habían perjudicado a ningún indio. Tenía dudas sobre la «rebelión» misma. Pero entonces creía que el Imperio británico existía para el bienestar del mundo. Un genuino sentido de lealtad me impedía incluso desearle el mal al Imperio.
Por lo tanto, la legitimidad o no de la «rebelión» difícilmente afectaría mi decisión. Natal contaba con una Fuerza de Defensa Voluntaria, y tenía la posibilidad de reclutar a más hombres. Leí que dicha fuerza ya había sido movilizada para sofocar la «rebelión».
Me consideraba ciudadano de Natal, al estar íntimamente vinculado a él. Así que le escribí al Gobernador, expresándole mi disposición, de ser necesario, para formar un Cuerpo de Ambulancias Indio. Él respondió de inmediato aceptando la oferta.
No había esperado una aceptación tan rápida. Afortunadamente, había hecho todos los arreglos necesarios incluso antes de escribir la carta.
Si mi oferta era aceptada, había decidido desmantelar el hogar de Johannesburgo. Polak se quedaría con una casa más pequeña y mi esposa iría a establecerse en Phoenix.
Contaba con su total consentimiento para esta decisión. No recuerdo que ella se haya interpuesto jamás en mi camino en asuntos de esta índole.
Tan pronto, por lo tanto, como recibí la respuesta del Gobernador, le di al propietario el aviso reglamentario de un mes para desocupar la casa, envié algunas cosas a Phoenix y dejé otras con Polak.
Fui a Durban y pedí hombres. No era necesario un gran contingente. Éramos un grupo de veinticuatro, de los cuales, además de mí, cuatro eran guyaratíes. El resto eran hombres exindenturados del sur de la India, a excepción de uno que era un pastún libre.
Con el fin de darme un rango y facilitar el trabajo, y de acuerdo asimismo con la convención existente, el Médico Jefe me nombró para el empleo temporal de sargento mayor, así como a tres hombres elegidos por mí para el de sargentos y a uno para el de cabo.
También recibimos nuestros uniformes del Gobierno. Nuestro cuerpo estuvo en servicio activo durante casi seis semanas.
Al llegar al lugar de la «rebelión», vi que no había allí nada que justificara el nombre de «rebelión». No había resistencia que uno pudiera ver. La razón por la cual los disturbios se habían magnificado hasta convertirse en rebelión fue que un jefe zulú había aconsejado no pagar un nuevo impuesto impuesto a su pueblo, y había atravesado con una assegaai a un sargento que había ido a cobrar el impuesto.
En cualquier caso, mi corazón estaba con los zulúes, y me alegró mucho, al llegar al cuartel general, saber que nuestra tarea principal sería cuidar de los zulúes heridos.
El oficial médico a cargo nos dio la bienvenida. Dijo que los blancos no querían ser enfermeros de los zulúes heridos, que sus heridas se estaban infectando y que no sabía qué más hacer. Saludó nuestra llegada como un regalo del cielo para aquellas personas inocentes, nos provjó de vendajes, desinfectantes, etc., y nos llevó al hospital improvisado.
Los zulúes se alegraron mucho de vernos. Los soldados blancos solían mirar a hurtadillas a través de las barandillas que nos separaban de ellos e intentaban disuadirnos de que curáramos las heridas. Y como no quisimos hacerles caso, montaron en cólera y vertieron indescriptibles insultos sobre los zulúes.
Gradualmente entré en más estrecho contacto con estos soldados, y dejaron de interferir.
Entre los oficiales al mando estaban el coronel Sparks y el coronel Wylie, quienes se me habían opuesto acérrimamente en 1896. Se sorprendieron ante mi actitud y fueron a visitarme expresamente para darme las gracias. Me presentaron al general Mackenzie.
No vaya a pensar el lector que estos eran soldados profesionales.
- El coronel Wylie era un conocido abogado de Durban.
- El coronel Sparks era muy conocido como dueño de una carnicería en Durban.
- El general Mackenzie era un destacado agricultor de Natal.
Todos estos caballeros eran voluntarios y, como tales, habían recibido entrenamiento y experiencia militar.
Los heridos a nuestro cargo no habían sido heridos en batalla.
Una parte de ellos había sido hecha prisionera bajo sospecha. El general los había condenado a ser azotados. Los latigazos les habían causado llagas graves. Como estas no habían recibido atención, se estaban infectando.
Los demás eran zulúes aliados. Aunque estos llevaban insignias que se les habían entregado para distinguirlos del «enemigo», los soldados les habían disparado por error.
Además de este trabajo, tenía que preparar y despachar recetas para los soldados blancos. Esto fue bastante fácil para mí, ya que había recibido un año de entrenamiento en el pequeño hospital del Dr. Booth. Este trabajo me puso en contacto cercano con muchos europeos.
Estábamos adscritos a una columna de marcha rápida. Tenía órdenes de marchar allí donde se reportara peligro. Era, en su mayor parte, infantería montada.
Tan pronto como nuestro campamento se trasladaba, teníamos que seguirlos a pie con nuestras camillas sobre los hombros. Dos o tres veces tuvimos que marchar cuarenta millas al día.
Pero fuéramos adonde fuéramos, doy gracias de que tuviéramos la buena obra de Dios que hacer, al tener que llevar al campamento en nuestras camillas a aquellos zulúes amigos que habían sido heridos por inadvertencia, y atenderlos como enfermeros.