Como si todo esto no fuera suficiente para parecer tal cosa, dirigí mi atención a otros detalles que se suponía contribuían a la formación de un caballero inglés. Me dijeron que era necesario tomar clases de baile, francés y elocución.
El francés no era solo el idioma de la vecina Francia, sino que era la lingua franca del continente por el que deseaba viajar.
Decidí tomar clases de baile en una academia y pagué 3 libras esterlinas en concepto de matrícula por un trimestre. Debí de haber tomado unas seis clases en tres semanas. Pero me era imposible lograr algo parecido a un movimiento rítmico. No podía seguir el piano y, por lo tanto, me resultaba imposible llevar el compás.
¿Qué iba a hacer entonces? El ermitaño de la fábula tenía un gato para espantar a las ratas, y luego una vaca para alimentar al gato con leche, y un hombre para cuidar a la vaca y así sucesivamente. Mis ambiciones también crecieron como la familia del ermitaño.
Pensé que debía aprender a tocar el violín para cultivar el oído para la música occidental. Así que invertí 3 libras en un violín y algo más en honorarios.
Busqué a un tercer profesor para que me diera clases de elocución y le pagué una tarifa preliminar de una guinea. Me recomendó el libro de texto Bell’s Standard Elocutionist, el cual compré. Y comencé con un discurso de Pitt.
Pero el señor Bell tocó la campana de alarma en mi oído y desperté.
No tenía que pasar toda una vida en Inglaterra, me dije. ¿De qué servía entonces aprender elocución? ¿Y cómo podría el baile hacer de mí un caballero? El violín podía aprenderlo incluso en la India. Yo era estudiante y debía seguir con mis estudios. Debía prepararme para ingresar en los Inns of Court. Si mi carácter hacía de mí un caballero,