El ayuno como penitencia
Día tras día se me hacía cada vez más evidente lo sumamente difícil que era criar y educar a los niños y a las niñas de la manera correcta. Si iba a ser su verdadero maestro y tutor, tenía que tocar sus corazónes. Debía compartir sus alegrías y tristezas, tenía que ayudarles a resolver los problemas que enfrentaban, y tenía que canalizar por la vía adecuada las fervientes aspiraciones de su juventud.
Con la liberación de algunos de los satyagrahis de la cárcel, la Granja Tolstói quedó casi desprovista de sus moradores. Los pocos que quedaron pertenecían en su mayoría a Phoenix. Así que los trasladé allí. Aquí tuve que pasar por una dura prueba de fuego.
Por entonces tenía que viajar entre Johannesburgo y Phoenix. Una vez, estando en Johannesburgo, recibí noticias de la caída moral de dos de los residentes del Ashram. La noticia de un aparente fracaso o revés en la lucha del satyagraha no me habría impresionado, pero esta noticia me cayó como un rayo.
El mismo día tomé el tren hacia Phoenix. El señor Kallenbach insisto en acompañarme. Había notado el estado en el que me encontraba. No podía soportar la idea de que fuera solo, pues casualmente él era el portador de la noticia que tanto me había alterado.
Durante el viaje mi deber me pareció claro. Sentía que el tutor o maestro era responsable, al menos hasta cierto punto, del desliz de su pupilo o discípulo. Así que mi responsabilidad respecto al incidente en cuestión se volvió clara como la luz del día.
Mi esposa ya me había advertido sobre el asunto, pero, como soy de naturaleza confiada, había ignorado su advertencia. Sentía que la única manera de hacer que los culpables comprendieran mi angustia y la profundidad de su propia caída sería hacer alguna penitencia.
Así que me impuse un ayuno de siete días y el voto de hacer una sola comida al día durante un período de cuatro meses y medio. El señor Kallenbach intentó disuadirme, pero en vano. Finalmente admitió la idoneidad de la penitencia e insistió en acompañarme. No pude resistirme a su evidente afecto.
Me sentí muy aliviado, pues la decisión significaba un gran peso menos en mi conciencia. La ira contra los culpables se calmó y dio paso a la más pura piedad hacia ellos.
Así, considerablemente aliviado, llegué a Phoenix. Hice más investigaciones y me familiaricé con otros detalles que necesitaba saber.
Mi penitencia hizo sufrir a todos, pero aclaró el ambiente. Todos llegaron a comprender qué cosa tan terrible era ser pecaminoso, y el vínculo que me ataba a los muchachos y a las muchachas se volvió más fuerte y más verdadero.
Una circunstancia derivada de este incidente me obligó, poco tiempo después, a realizar un ayuno de catorce días, cuyos resultados superaron incluso mis expectativas.
No es mi propósito deducir de estos incidentes que sea deber de un maestro recurrir al ayuno cada vez que haya una falta por parte de sus discípulos.
Sostengo, sin embargo, que algunas ocasiones sí exigen este drástico remedio. Pero ello presupone claridad de visión y aptitud espiritual.
Donde no hay verdadero amor entre el maestro y el alumno, donde la falta del alumno no ha tocado el ser mismo del maestro y donde el alumno no respeta al maestro, el ayuno está fuera de lugar y puede ser incluso perjudicial.
Aunque hay, por tanto, motivos para dudar de la idoneidad de los ayunos en tales casos, no cabe duda alguna sobre la responsabilidad del maestro en los errores de su discípulo.
La primera penitencia no resultó difícil para ninguno de nosotros. No tuve que suspender ni detener ninguna de mis actividades normales. Cabe recordar que durante todo este período de penitencia fui un estricto frugívoro.
La última parte del segundo ayuno fue bastante dura para mí. Todavía no había comprendido por completo la maravillosa eficacia del Ramanama, y mi capacidad de sufrimiento era menor en esa medida. Además, no conocía la técnica del ayuno, especialmente la necesidad de beber abundante agua, por muy nauseabunda o desagradable que pudiera resultar.
Luego, el hecho de que el primer ayuno hubiera sido un asunto fácil me había vuelto bastante descuidado respecto al segundo. Así, durante el primero tomé baños de Kuhne todos los días, pero durante el segundo los abandoné al cabo de dos o tres días, y bebí muy poca agua, ya que me desagradaba y me producía náuseas.
La garganta se me quedó reseca y débil, y durante los últimos días solo podía hablar en voz muy baja. A pesar de esto, sin embargo, mi trabajo continuó mediante dictados cuando la escritura era necesaria. Escuchaba regularmente lecturas del Ramayana y otros libros sagrados. También tuve la fuerza suficiente para debatir y aconsejar en todos los asuntos urgentes.