La Peste Negra— I
Los indios no fueron desalojados del lugar tan pronto como el municipio aseguró su propiedad. Fue necesario encontrar nuevos alojamientos adecuados para los residentes antes de expulsarlos, pero como el municipio no pudo hacer esto fácilmente, se toleró que los indios permanecieran en el mismo emplazamiento «sucio», con la diferencia de que su condición empeoró que antes.
Habiendo dejado de ser propietarios, se convirtieron en inquilinos del municipio, con el resultado de que su entorno se volvió más insalubre que nunca.
- Cuando eran propietarios, tenían que mantener algún tipo de limpieza, aunque fuera por miedo a la ley.
- ¡El municipio no tenía tal miedo!
- El número de inquilinos aumentó, y con ellos la inmundicia y el desorden.
Mientras los indios se devanaban los sesos por este estado de cosas, se produjo un repentino brote de peste negra, también llamada peste neumónica, más terrible y fatal que la bubónica.
Por fortuna no fue el "location" sino una de las minas de oro en las cercanías de Johannesburgo la responsable del brote. Los trabajadores de esta mina eran en su mayoría negros, de cuya limpieza eran exclusivamente responsables sus empleadores blancos.
Había también algunos indios trabajando en relación con la mina, veintitrés de los cuales contrajeron repentinamente la infección y regresaron una tarde a sus alojamientos en el location con un ataque agudo de peste.
El sargento Madanjit, que entonces reclutaba suscriptores para Indian Opinion y cobraba las suscripciones, se encontraba en el location en ese momento. Era un hombre extraordinariamente intrépido. Su corazón se compadecía al ver a estas víctimas del flagelo, y me envió una nota a lápiz que decía lo siguiente:
"Ha habido un brote repentino de la peste negra. Debes venir inmediatamente y tomar medidas prontas, de lo contrario debemos prepararnos para consecuencias funestas. Por favor, ven inmediatamente".
El sargento Madanjit abrió valientemente a la fuerza el candado de una casa deshabitada y metió a todos los pacientes allí. Fui en bicicleta al lugar y le escribí al secretario municipal para informarle de las circunstancias en las que habíamos tomado posesión de la casa.
El Dr. William Godfrey, que ejercía en Johannesburgo, acudió al rescate en cuanto recibió la noticia y se convirtió a la vez en enfermero y médico de los pacientes. Pero veintitrés pacientes eran más de lo que tres de nosotros podíamos abarcar.
Es mi fe, basada en la experiencia, que si el corazón de uno es puro, la calamidad trae consigo hombres y medidas para combatirla.
Tenía por entonces cuatro indios en mi oficina: los sres. Kalyandas, Maneklal, Gunvantrai Desai y otro cuyo nombre no puedo recordar. Su padre le había confiado a Kalyandas a mi cuidado. En Sudáfrica pocas veces he encontrado a alguien más servicial y dispuesto a obedecer ciegamente que Kalyandas. Por fortuna entonces era soltero, y no dudé en encomendarle tareas que entrañasen riesgos, por grandes que fuesen. A Maneklal lo había conseguido en Johannesburgo. Él también, que yo recuerde, era soltero.
Así que decidí sacrificar a los cuatro —llámense dependientes, colaboradores o hijos—. No hubo ninguna necesidad de consultar a Kalyandas. Los otros expresaron su disposición tan pronto como se les pidió. «Donde tú estés, nosotros también estaremos», fue su corta y entrañable respuesta.
Mr. Ritch tenía una familia numerosa. Estaba dispuesto a dar el paso, pero yo se lo impedí. No tuve el valor de exponerlo al riesgo. Así que se encargó del trabajo fuera de la zona de peligro.
Fue una noche terrible: aquella noche de vela y cuidados. Yo ya había cuidado a varios pacientes antes, pero nunca a ninguno atacado por la peste negra. El valor del doctor Godfrey resultó contagioso.
No se requerían muchos cuidados. Darles sus dosis de medicina, atender a sus necesidades, mantenerlos a ellos y a sus camas limpios y ordenados, y animarlos era todo lo que teníamos que hacer.
El celo indatigable y la valentía con la que trabajaron los jóvenes me regocijaron sin medida.
Uno podía entender la valentía del Dr. Godfrey y de un hombre experimentado como el señor Madanjit. ¡Pero el espíritu de estos novatos jóvenes!
Por lo que recuerdo, sacamos adelante a todos los pacientes esa noche.
Pero todo el incidente, aparte de su patetismo, es de un interés tan absorbente y, para mí, de un valor religioso tal, que debo dedicarle al menos dos capítulos más.