Reforma sanitaria y ayuda contra el hambre
Siempre me ha sido imposible reconciliarme con que cualquier miembro del cuerpo político permanezca inactivo. Siempre me ha reacio ocultar o tolerar los puntos débiles de la comunidad o reclamar sus derechos sin haberla purgado de sus manchas.
Por lo tanto, desde mi establecimiento en Natal, me había esmerado en limpiar a la comunidad de una acusación que se había lanzado contra ella, no sin cierta dosis de verdad. A menudo se había afirmado que el indio era desaliñado en sus hábitos y no mantenía su casa y sus alrededores limpios.
Los principales hombres de la comunidad, por consiguiente, ya habían comenzado a poner sus casas en orden, pero la inspección casa por casa solo se llevó a cabo cuando se informó de que la peste era inminente en Durban. Esto se hizo tras consultar y obtener la aprobación de los ediles de la ciudad, quienes habían deseado nuestra cooperación.
Nuestra cooperación les facilitó el trabajo a ellos y al mismo tiempo mitigó nuestras penurias. Pues siempre que hay un brote de epidemias, por regla general, las autoridades pierden la paciencia, adoptan medidas excesivas y se portan con mano dura con aquellos que puedan haber incurrido en su desagrado. La comunidad se libró de esta opresión al tomar voluntariamente medidas sanitarias.
Pero tuve algunas amargas experiencias. Vi que no podía contar tan fácilmente con la ayuda de la comunidad para hacerle cumplir su propio deber, como podía hacerlo para reclamar sus derechos. En algunos lugares me encontré con insultos, en otros con una educada indiferencia. Era demasiado pedir que la gente se movilizara para mantener limpios sus alrededores. Esperar que encontraran dinero para el trabajo estaba fuera de toda duda.
Estas experiencias me enseñaron, mejor que nunca antes, que sin infinita paciencia era imposible lograr que la gente hiciera trabajo alguno. Es el reformador quien está ávido de la reforma, y no la sociedad, de la cual no debe esperar otra cosa que oposición, repugnancia e incluso persecución mortal. ¿Por qué no habría de considerar la sociedad como una regresión lo que el reformador atesora como su propia vida?
No obstante, el resultado de esta agitación fue que la comunidad india aprendió a reconocer más o menos la necesidad de mantener limpias sus casas y sus alrededores.
Me gané la estima de las autoridades. Vieron que, aunque me había ocupado de ventilar agravios y reclamar derechos, no estaba menos empeñado e insistente en la autopurificación.
Había una cosa, sin embargo, que aún quedaba por hacer, a saber, despertar en el colono indio el sentido del deber hacia la madre patria.
La India era pobre, el colono indio iba a Sudáfrica en busca de riqueza, y estaba obligado a destinar parte de sus ganancias en beneficio de sus compatriotas en la hora de su adversidad. Esto lo hizo el colono durante las terribles hambres de 1897 y 1899. Contribuyeron generosamente para el socorro de los hambrientos, y más aún en 1899 que en 1897.
Habíamos apelado también a los ingleses en busca de fondos, y habían respondido favorablemente. Incluso los indios bajo contrato (indentured) dieron su parte a las contribuciones, y el sistema inaugurado en la época de estas hambres se ha mantenido desde entonces, y sabemos que los indios en Sudáfrica nunca dejan de enviar generosas contribuciones a la India en tiempos de calamidad nacional.
Así, el servicio a los indios en Sudáfrica me reveló siempre nuevas implicaciones de la verdad en cada etapa.
La verdad es como un vasto árbol que da más y más fruto cuanto más se le nutre. Cuanto más profunda es la búsqueda en la mina de la verdad, más rico es el hallazgo de las gemas sepultadas allí, en forma de oportunidades o de una variedad cada vez mayor de servicio.