Playing the English Gentleman
Mi fe en el vegetarianismo fue creciendo en mí día a día. El libro de Salt aguzó mi apetito por los estudios dietéticos. Fui en busca de todos los libros disponibles sobre el vegetarianismo y los leí. Uno de ellos, The Ethics of Diet (La ética de la dieta) de Howard Williams, era una «historia biográfica de la literatura de la dietética humana desde el período más antiguo hasta el día de hoy». Intentaba demostrar que todos los filósofos y profetas, desde Pitágoras y Jesús hasta los de la era actual, eran vegetarianos. The Perfect Way in Diet (El camino perfecto en la dieta), de la doctora Anna Kingsford, también era un libro atractivo. Los escritos del Dr. Allinson sobre salud e higiene resultaron asimismo muy útiles. Él defendía un sistema curativo basado en la regulación de la dieta de los pacientes. Siendo él mismo vegetariano, les recetaba a sus pacientes también una dieta estrictamente vegetariana. El resultado de leer toda esta literatura fue que los experimentos dietéticos pasaron a ocupar un lugar importante en mi vida. Al principio, la salud era la consideración principal de estos experimentos. Pero más tarde la religión se convirtió en el motivo supremo.
Mientras tanto, mi amigo no había cesado de preocuparse por mí. Su afecto hacia mí le llevaba a pensar que, si persistía en mis objeciones a comer carne, no solo desarrollaría una constitución débil, sino que seguiría siendo un zoquete, ya que nunca llegaría a sentirme integrado en la sociedad inglesa.
Cuando llegó a saber que había empezado a interesarme por los libros sobre vegetarianismo, temió no fuera a ser que estos estudios me aturullaran la cabeza; que malgastara mi vida en experimentos, olvidando mi propio trabajo, y me convirtiera en un excéntrico. Por lo tanto, hizo un último esfuerzo para reformarme.
Me invitó un día a ir al teatro.
Antes de la obra debíamos cenar juntos en el restaurante Holborn, para mí un lugar palaciego y el primer gran restaurante al que iba desde que dejé el Hotel Victoria.
La estancia en aquel hotel apenas había sido una experiencia provechosa, pues no había vivido allí con los cinco sentidos.
Mi amigo había planeado llevarme a este restaurante imaginando evidentemente que la modestia me prohibiría hacer cualquier pregunta. Y era una compañía muy numerosa de comensales en medio de la cual mi amigo y yo nos sentamos compartiendo una mesa entre los dos.
El primer plato fue sopa. Me preguntaba de qué estaría hecha, pero no me atreví a preguntarle al amigo al respecto. Por lo tanto, llamé al camarero. Mi amigo vio el movimiento y preguntó severamente desde el otro lado de la mesa qué pasaba. Con bastante vacilación le dije que quería averiguar si la sopa era de verduras.
—Eres demasiado torpe para la buena sociedad —exclamó con pasión—. Si no sabes portarte bien, más te vale irte. Come en otro restaurante y espérame afuera.
Esto me encantó. Salí a la calle.
Había un restaurante vegetariano cerca, pero estaba cerrado. Así que me quedé sin cenar esa noche.
Acompañé a mi amigo al teatro, pero él no dijo ni una palabra sobre la escena que yo había montado. Por mi parte, por supuesto, no había nada que decir.
Esa fue la última disputa amistosa que tuvimos. No afectó en lo más mínimo nuestras relaciones. Pude ver y apreciar el amor que impulsaba todos los esfuerzos de mi amigo, y mi respeto hacia él fue aún mayor debido a nuestras diferencias de pensamiento y acción.
Pero decidí que debía tranquilizarlo, que debía asegurarle que ya no sería torpe, sino que intentaría pulirme y compensar mi vegetarianismo cultivando otras habilidades que lo preparaban a uno para la alta sociedad. Y con este fin emprendí la tarea, del todo imposible, de convertirme en un caballero inglés.
Las ropas de corte Bombay que llevaba puestas eran, según creía, inadecuadas para la sociedad inglesa, así que me compré otras nuevas en los Army and Navy Stores. También me dio por comprarme un sombrero de copa que me costó diecinueve chelines, un precio excesivo por aquel entonces.
No contento con esto, malgasté diez libras en un traje de noche confeccionado en Bond Street, el centro de la vida elegante en Londres; y le pedí a mi buen y bondadoso hermano que me enviara una cadena de oro doble para el reloj. No estaba bien visto llevar una corbata hecha y aprendí el arte de hacerme el nudo yo mismo.
Estando en la India, el espejo había sido un lujo permitido los días en que el barbero de la familia me afeitaba. Aquí perdía diez minutos todos los días ante un enorme espejo, viéndome arreglar la corbata y hacedme la raya en el pelo de la manera correcta. Mi pelo no era precisamente blando, y todos los días suponía una lucha constante con el cepillo mantenerlo en su sitio. Cada vez que me ponía o me quitaba el sombrero, la mano se movía automáticamente hacia la cabeza para arreglarse el cabello, por no hablar del otro hábito civilizado de llevarse la mano de vez en cuando con el mismo propósito al estar sentado en una sociedad distinguida.
Como si todo esto no fuera suficiente para parecer tal cosa, dirigí mi atención a otros detalles que se suponía contribuían a la formación de un caballero inglés. Me dijeron que era necesario tomar clases de baile, francés y elocución.
El francés no era solo el idioma de la vecina Francia, sino que era la lingua franca del continente por el que deseaba viajar.
Decidí tomar clases de baile en una academia y pagué 3 libras esterlinas en concepto de matrícula por un trimestre. Debí de haber tomado unas seis clases en tres semanas. Pero me era imposible lograr algo parecido a un movimiento rítmico. No podía seguir el piano y, por lo tanto, me resultaba imposible llevar el compás.
¿Qué iba a hacer entonces? El ermitaño de la fábula tenía un gato para espantar a las ratas, y luego una vaca para alimentar al gato con leche, y un hombre para cuidar a la vaca y así sucesivamente. Mis ambiciones también crecieron como la familia del ermitaño.
Pensé que debía aprender a tocar el violín para cultivar el oído para la música occidental. Así que invertí 3 libras en un violín y algo más en honorarios.
Busqué a un tercer profesor para que me diera clases de elocución y le pagué una tarifa preliminar de una guinea. Me recomendó el libro de texto Bell’s Standard Elocutionist, el cual compré. Y comencé con un discurso de Pitt.
Pero el señor Bell tocó la campana de alarma en mi oído y desperté.
No tenía que pasar toda una vida en Inglaterra, me dije. ¿De qué servía entonces aprender elocución? ¿Y cómo podría el baile hacer de mí un caballero? El violín podía aprenderlo incluso en la India.
Yo era estudiante y debía seguir con mis estudios. Debía prepararme para ingresar en los Inns of Court. Si mi carácter hacía de mí un caballero, tanto mejor. De lo contrario, renunciaría a esa ambición.
Estos y otros pensamientos similares me dominaban, y los expresé en una carta que dirigí al profesor de elocución, pidiéndole que me disculpara de seguir tomando clases. Solo había tomado dos o tres.
Le escribí una carta similar al profesor de baile, y fui personalmente a ver a la profesora de violín con la petición de que vendiera el violín por el precio que fuera capaz de obtener. Ella fue bastante amable conmigo, así que le conté cómo había descubierto que estaba persiguiendo una idea falsa. Me alentó en la decisión de dar un giro completo.
Este encaprichamiento debió de durar unos tres meses. El esmero en el vestir persistió durante años. Pero a partir de entonces me convertí en estudiante.