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nydus/The Story of My Experiments with TruthPublic
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XVI

El Durbar de Lord Curzon

El Congreso había terminado, pero como tenía que reunirme con la Cámara de Comercio y varias personas en relación con el trabajo en Sudáfrica, me quedé en Calcuta durante un mes.

En vez de hospedarme esta vez en un hotel, hice los arreglos para conseguir la presentación requerida para una habitación en el India Club. Entre sus miembros había algunos indios prominentes, y esperaba entablar contacto con ellos e interesarlos en el trabajo en Sudáfrica.

Gokhale iba frecuentemente a este Club a jugar al billar y, cuando supo que iba a quedarme en Calcuta por algún tiempo, me invitó a alojarme con él. Acepté la invitación con agradecimiento, pero no me pareció adecuado ir por mi cuenta.

Esperó un día o dos y luego me llevó personalmente. Descubrió mi reserva y me dijo:

«Gandhi, tienes que vivir en el país, y este tipo de reserva no servirá. Debes entrar en contacto con tantas personas como sea posible. Quiero que hagas trabajo para el Congreso».

Voy a consignar aquí un incidente ocurrido en el India Club, antes de hablar de mi estancia con Gokhale.

Por esta época, lord Curzon celebró su durbar. Algunos de los rajás y maharajás que habían sido invitados al durbar eran socios del Club. En el Club siempre los veía vistiendo finas dhotis, camisas y bufandas bengalíes. El día del durbar se ponían pantalones dignos de khansamas y botas relucientes. Me dolió y le pregunté a uno de ellos el motivo de tal cambio.

—Solo nosotros conocemos nuestra desafortunada condición. Solo nosotros sabemos los insultos que tenemos que aguantar para poder conservar nuestra riqueza y nuestros títulos —respondió.

—¿Pero qué pasa con estos turbantes de khansama y estas botas relucientes? —pregunté.

—¿Ves alguna diferencia entre los khansamas y nosotros? —replicó, y añadió—: ellos son nuestros khansamas, nosotros somos los khansamas de lord Curzon. Si faltara a la recepción, tendría que sufrir las consecuencias. Si asistiera con mi ropa de todos los días, sería una ofensa. ¿Y crees que voy a tener alguna oportunidad de hablar con lord Curzon allí? ¡Ni mucho menos!

Sentí compasión por este amigo de hablar franco.

Esto me recuerda a otro durbar.

En la época en que lord Hardinge colocó la primera piedra de la Universidad Hindú, hubo un durbar. Por supuesto, había rajás y maharajás, pero el pandit Malaviyaji me invitó especialmente a asistir también, y lo hice.

Me desconcertó ver a los maharajás ataviados como mujeres: pijamas y achkans de seda, collares de perlas al cuello, pulseras en las muñecas, borlas de perlas y diamantes en los turbantes y, además de todo esto, espadas con empuñaduras de oro colgando de sus cinturones.

Descubrí que no eran insignias de su realeza, sino de su esclavitud. Había pensado que debían llevar tales distintivos de impotencia por su propia voluntad, pero me dijeron que era obligatorio para estos rajás llevar todas sus costosas joyas en tales actos. También supe que algunos de ellos sentían una verdadera aversión por llevar estas joyas, y que nunca se las ponían salvo en ocasiones como el durbar.

No sé hasta qué punto mi información era correcta. Pero, los lleven en otras ocasiones o no, resulta bastante angustioso tener que asistir a durbars virreinales con joyas que solo algunas mujeres llevan.

¡Cuán pesado es el tributo de pecados y maldades que la riqueza, el poder y el prestigio le exigen al hombre!

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