La cizaña entre el trigo
Fue en Tolstoy Farm donde el Sr. Kallenbach me llamó la atención sobre un problema en el que nunca antes había reparado.
Como ya he dicho, algunos de los muchachos de la Granja eran malos eインreductibles. También había holgazanes entre ellos.
Con estos, mis tres muchachos entraban en contacto a diario, al igual que otros niños del mismo tipo que mis propios hijos. Esto preocupaba al Sr. Kallenbach, pero su atención se centraba en la improcedencia de mantener a mis hijos junto a estos jóvenes indisciplinados.
Un día habló sin rodeos:
«No me gusta ese modo que tienes de mezclar a tus propios muchachos con los malos. No puede tener más que un resultado. Se desmoralizarán a causa de estas malas compañías».
No recuerdo si la pregunta me desconcertó en ese momento, pero sí recuerdo lo que le dije:
“¿Cómo puedo distinguir entre mis muchachos y los holgazanes? Soy igualmente responsable de ambos. Los jóvenes han venido porque los invité. Si los despidiera con algo de dinero, saldrían inmediatamente corriendo hacia Johannesburgo y recaerían en sus viejos hábitos.
A decir verdad, es muy probable que ellos y sus tutores crean que, al haber venido aquí, han contraído una obligación conmigo. Que aquí tienen que soportar bastantes inconvenientes, lo sabemos muy bien usted y yo. Pero mi deber es claro. Debo tenerlos aquí, y por lo tanto mis muchachos también deben convivir con ellos.
Y seguramente usted no querrá que les enseñe a mis muchachos a sentirse desde hoy superiores a los demás niños. Inculcarles ese sentimiento de superioridad en la cabeza sería extraviarlos. Esta convivencia con otros muchachos será una buena disciplina para ellos. Ellos mismos aprenderán a discriminar entre el bien y el mal. ¿Por qué no habríamos de creer que, si de verdad hay algo bueno en ellos, eso repercutirá necesariamente en sus compañeros?
Sea como fuere, no puedo evitar tenerlos aquí, y si eso entraña algún riesgo, debemos correrlo”.
El señor Kallenbach negó con la cabeza.
El resultado, creo yo, no puede decirse que haya sido malo. No considero que mis hijos hayan empeorado a causa del experimento. Al contrario, puedo ver que ganaron algo. Si había en ellos el más mínimo rastro de superioridad, este fue destruido y aprendieron a relacionarse con todo tipo de niños. Fueron puestos a prueba y disciplinados.
Este y otros experimentos similares me han demostrado que, si a los niños buenos se les enseña junto a los malos y se les arroja a su compañía, no perderán nada, siempre y cuando el experimento se lleve a cabo bajo el cuidado vigilante de sus padres y tutores.
Los niños envueltos en algodones no siempre son inmunes a toda tentación o contaminación. Es verdad, sin embargo, que cuando a los niños y niñas de todo tipo de educación se les mantiene y educa juntos, los padres y los maestros se ven sometidos a la prueba más dura. Tienen que estar constantemente en alerta.