Una Tragedia
Entre mis pocos amigos en la escuela secundaria tuve, en distintas épocas, dos a quienes se podría llamar íntimos.
Una de estas amistades no duró mucho, aunque yo nunca abandoné a mi amigo. Él me abandonó a mí porque me hice amigo del otro.
Esta última amistad la considero una tragedia en mi vida. Duró mucho tiempo. La forjé con el espíritu de un reformador.
Este compañero era originalmente amigo de mi hermano mayor. Eran compañeros de clase. Yo conocía sus debilidades, pero lo consideraba un amigo fiel.
Mi madre, mi hermano mayor y mi esposa me advirtieron que andaba en malas compañías. Yo era demasiado orgulloso para hacer caso de la advertencia de mi esposa. Pero no me atrevía a ir en contra de la opinión de mi madre y de mi hermano mayor.
Sin embargo, les supliqué diciendo:
«Sé que tiene las debilidades que ustedes le atribuyen, pero no conocen sus virtudes. Él no puede descarriarme, ya que mi relación con él tiene como fin reformarlo. Pues estoy seguro de que, si endereza su camino, será un hombre espléndido. Les ruego que no se preocupen por mi cuenta».
No creo que esto los satisficiera, pero aceptaron mi explicación y me dejaron seguir mi camino.
He visto desde entonces que había calculado mal. Un reformador no puede permitirse una estrecha intimidad con aquel a quien busca reformar.
La verdadera amistad es una identidad de almas rara vez hallada en este mundo. Solo entre naturalezas semejantes puede la amistad ser enteramente digna y duradera. Los amigos se influyen mutuamente. De ahí que en la amistad haya muy poco margen para la reforma.
Soy de la opinión de que deben evitarse todas las intimidades exclusivas; pues el hombre asimila el vicio mucho más fácilmente que la virtud. Y quien quiera ser amigo de Dios debe permanecer solo, o hacer del mundo entero su amigo. Puede que esté equivocado, pero mi esfuerzo por cultivar una amistad íntima resultó un fracaso.
Una ola de «reforma» barría Rajkot por aquella época en que por primera vez me topé con este amigo. Me informó de que muchos de nuestros profesores comían carne y bebían vino en secreto. También nombró a muchas personas muy conocidas de Rajkot como pertenecientes al mismo grupo. Había también, según me dijeron, algunos muchachos de la escuela secundaria entre ellos.
Me sorprendió y me dolió. Le pregunté a mi amigo la razón y me lo explicó así:
“Somos un pueblo débil porque no comemos carne. Los ingleses pueden gobernarnos porque son carnívoros. Ya sabes lo resistente que soy, y lo gran corredor que también soy. Se debe a que soy carnívoro. Los carnívoros no tienen diviesos ni tumores, y aun si a veces les sale alguno, este sana rápidamente. Nuestros maestros y otras personas distinguidas que comen carne no son tontos. Conocen sus virtudes. Tú deberías hacer lo mismo. No hay nada como intentarlo. Pruébalo y mira cuánta fuerza te da”.
Todos estos alegatos a favor de comer carne no se expusieron en una sola sesión. Representan la sustancia de un argumento largo y elaborado que mi amigo intentaba inculcarme de vez en cuando.
Mi hermano mayor ya había caído. Por lo tanto, respaldaba el argumento de mi amigo. Ciertamente, yo parecía endeble al lado de mi hermano y de este amigo. Ambos eran más robustos, físicamente más fuertes y más audaces.
Las proezas de este amigo me hechizaron. Podía correr largas distancias y de manera extraordinariamente rápida. Era un experto en salto de altura y de longitud. Podía soportar cualquier cantidad de castigo corporal. A menudo me demostraba sus proezas y, como uno siempre se deslumbra al ver en los demás las cualidades de las que carece, yo me sentí deslumbrado por las hazañas de este amigo.
A esto le siguió un fuerte deseo de ser como él. Apenas podía saltar o correr. ¿Por qué no iba a ser yo también tan fuerte como él?
Además, yo era un cobarde. Solía vivir atormentado por el miedo a los ladrones, los fantasmas y las serpientes. No me atrevía a salir de casa por la noche.
La oscuridad era un terror para mí. Me era casi imposible dormir a oscuras, ya que imaginaba fantasmas viniendo por un lado, ladrones por otro y serpientes por un tercero. Por lo tanto, no soportaba dormir sin una luz en la habitación.
¿Cómo iba a revelar mis temores a mi esposa, que ya no era una niña, sino que estaba en el umbral de la juventud, y dormía a mi lado? Sabía que ella tenía más valor que yo y me avergonzaba de mí mismo. Ella no temía a las serpientes ni a los fantasmas. Podía salir a cualquier parte en la oscuridad.
Mi amigo conocía todas estas debilidades mías. Me decía que él podía sostener serpientes vivas en la mano, desafiar a los ladrones y que no creía en los fantasmas. Y todo esto era, por supuesto, el resultado de comer carne.
Un verso jocoso del poeta guyaratí Narmad estaba en boca de nosotros los escolares, el cual decía así:
He aquí al poderoso inglés que al pequeño indio domina, porque al ser un carnívoro cinco codos de alto encumbrina.
Todo esto produjo en mí el efecto deseado. Estaba vencido. Empezó a convencerme la idea de que comer carne era bueno, de que me haría fuerte y audaz, y de que, si todo el país se pasaba a la carne, se podría vencer a los ingleses.
Se fijó entonces un día para comenzar el experimento. Tenía que llevarse a cabo en secreto.
Los Gandhi eran vaisnavas. Mis padres eran vaisnavas particularmente devotos. Visitaban con regularidad el Haveli. La familia tenía incluso sus propios templos. El jainismo era fuerte en Gujarat, y su influencia se sentía en todas partes y en toda ocasión. La oposición y la repugnancia hacia el consumo de carne que existían en Gujarat entre los jainistas y los vaisnavas no se veían en ninguna otra parte de la India ni fuera de ella con tanta fuerza.
Estas eran las tradiciones en las que nací y crecí. Y yo era extremadamente devoto de mis padres. Sabía que, en el momento en que se enteraran de que había comido carne, se morirían del susto. Además, mi amor por la verdad me hacía extremar las precauciones. No puedo decir que entonces no supiera que tendría que engañar a mis padres si empezaba a comer carne.
Pero mi mente estaba empeñada en la «reforma». No era una cuestión de complacer el paladar. No sabía que tuviera un sabor especialmente bueno. Deseaba ser fuerte y audaz, y quería que mis compatriotas también lo fueran, para poder derrotar a los ingleses y liberar a la India. Aún no había oído la palabra «Swaraj». Pero sabía lo que significaba la libertad. El fervor de la «reforma» me cegó. Y, tras asegurar el secreto, me convencí de que el mero hecho de ocultar la acción a mis padres no suponía apartarse de la verdad.