Como Maestro de Escuela
El lector tendrá presente, espero, el hecho de que en estos capítulos estoy describiendo cosas que no se mencionan, o que solo se mencionan de pasada, en la historia del satyagraha en Sudáfrica. Si lo hace así, verá fácilmente la conexión entre los capítulos recientes.
A medida que la Granja crecía, se vio la necesidad de tomar algunas medidas para la educación de sus muchachos y muchachas. Había, entre ellos, muchachos hindúes, musulmanes, parsis y cristianos, y algunas niñas hindúes. No era posible, y no me parecía necesario, contratar profesores especiales para ellos. No era posible, ya que los profesores indios cualificados eran escasos y, aun cuando los hubiera, ninguno estaría dispuesto a ir a un lugar situado a 21 millas de Johannesburgo por un salario bajo. Además, desde luego que no nos sobraba el dinero. Y no creía necesario traer profesores de fuera de la Granja. No creía en el sistema educativo existente, y tenía la intención de descubrir mediante la experiencia y el experimento el verdadero sistema. Solo sabía esto: que, en condiciones ideales, la verdadera educación solo podía ser impartida por los padres, y que entonces debía haber el mínimo de ayuda externa; que la Granja Tolstoy era una familia, en la cual yo ocupaba el lugar del padre, y que debía asumir, en la medida de lo posible, la responsabilidad de la formación de los jóvenes.
La concepción sin duda no carecía de defectos. Todos los jóvenes no habían estado conmigo desde su infancia, habían sido educados en diferentes condiciones y ambientes, y no pertenecían a la misma religión. ¿Cómo podría hacer plena justicia a los jóvenes, así circundados, aun si asumiera el lugar de paterfamilias?
Pero yo siempre le había dado el primer lugar al cultivo del corazón o a la formación del carácter, y como me sentía seguro de que la formación moral podía impartirse a todos por igual, sin importar cuán diferentes fueran sus edades y su educación, decidí vivir entre todos ellos las veinticuatro horas del día como su padre.
Consideraba que la formación del carácter era el cimiento adecuado para su educación y, si los cimientos se asentaban firmemente, estaba seguro de que los niños podrían aprender todas las demás cosas por sí mismos o con la ayuda de amigos.
Pero como además comprendía perfectamente la necesidad de una formación literaria, comencé algunas clases con la ayuda del Sr. Kallenbach y Sjt. Pragji Desai.
Tampoco restaba importancia al desarrollo del cuerpo. Esto lo conseguían en el curso de su rutina diaria. Pues no había sirvientes en la Granja, y todo el trabajo, desde cocinar hasta limpiar los desperdicios, lo hacían los residentes.
Había muchos árboles frutales de los que ocuparse, y también bastante jardinería por hacer. Al Sr. Kallenbach le gustaba la jardinería y había adquirido cierta experiencia en este trabajo en uno de los huertos modelo gubernamentales.
Era obligatorio para todos, jóvenes y mayores, que no estuvieran ocupados en la cocina, dedicar algún tiempo a la jardinería. Los niños se llevaban la parte del león de este trabajo, que incluía cavar hoyos, talar madera y cargar pesos. Esto les proporcionaba abundante ejercicio. Les encantaba el trabajo, por lo que por lo general no necesitaban ningún otro ejercicio o juego.
Por supuesto que algunos de ellos, y a veces todos, simulaban enfermedades y eludían sus obligaciones. A veces yo era cómplice de sus travesuras, pero a menudo fui estricto con ellos. Me atrevo a decir que la rigurosidad no les gustaba, pero no recuerdo que se hayan opuesto a ella. Siempre que era estricto, intentaba convencerlos mediante argumentos de que no estaba bien jugar con el trabajo de uno. Sin embargo, el convencimiento duraba poco; al momento siguiente volvían a dejar su trabajo para irse a jugar.
Con todo, nos llevábamos bien y, de cualquier modo, forjaron constituciones magníficas. Apenas hubo enfermedades en la Granja, aunque hay que decir que el buen aire y agua, y los horarios regulares de comida, no tuvieron poca culpa de ello.
Una palabra sobre la formación profesional. Tenía la intención de enseñar a cada uno de los jóvenes algún oficio manual útil. Con este fin, el señor Kallenbach fue a un monasterio trapense y regresó habiendo aprendido zapatería. Yo se lo aprendí a él y le enseñé el arte a quienes estaban dispuestos a aprenderlo. El señor Kallenbach tenía cierta experiencia en carpintería, y había otro residente que la conocía; así que tuvimos una pequeña clase de carpintería. Casi todos los jóvenes sabían cocinar.
Todo esto era nuevo para ellos. Ni siquiera habían soñado que algún día tendrían que aprender estas cosas. Pues, por lo general, la única formación que recibían los niños indios en Sudáfrica se limitaba a las tres erres.
En la Granja Tolstoy nos impusimos la regla de que a los jóvenes no se les debía pedir que hicieran lo que los maestros no hacían, y por lo tanto, cuando se les pedía que realizaran algún trabajo, siempre había un maestro cooperando y trabajando realmente con ellos. De este modo, todo lo que los jóvenes aprendían, lo aprendían con alegría.
La formación literaria y el desarrollo del carácter deben abordarse en los siguientes capítulos.