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nydus/The Story of My Experiments with TruthPublic
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Table of Contents

XXXIV

Entrenamiento del Espíritu

El entrenamiento espiritual de los muchachos fue un asunto mucho más difícil que su entrenamiento físico y mental.

Confié poco en los libros religiosos para la formación del espíritu. Por supuesto, creía que todo estudiante debía estar familiarizado con los elementos de su propia religión y tener un conocimiento general de sus propias escrituras, y por lo tanto proporcioné ese conocimiento lo mejor que pude.

Pero eso, a mi modo de ver, formaba parte de la instrucción intelectual. Mucho antes de emprender la educación de los jóvenes de la Granja Tolstoy, me había dado cuenta de que la formación del espíritu era algo independiente.

Desarrollar el espíritu es forjar el carácter y permitir a uno trabajar hacia el conocimiento de Dios y la autorrealización. Y sostenía que esto era una parte esencial de la formación de los jóvenes, y que todo entrenamiento sin el cultivo del espíritu no servía de nada, y podía llegar a ser incluso perjudicial.

Conozco bien la superstición de que la autorrealización solo es posible en la cuarta etapa de la vida, es decir, el sannyasa (la renuncia).

Pero es de conocimiento común que aquellos que posponen la preparación para esta experiencia inestimable hasta la última etapa de la vida no alcanzan la autorrealización, sino una vejez equivalente a una segunda y penosa infancia, viviendo como una carga sobre esta tierra.

Tengo pleno recuerdo de que ya abrigaba estas opiniones mientras enseñaba, es decir, en 1911-1912, aunque tal vez entonces no las haya expresado con las mismas palabras.

¿Cómo había de impartirse entonces esta formación espiritual?

Hice que los niños memorizaran y recitaran himnos, y les leí libros sobre formación moral. Pero eso distaba mucho de satisfacerme. A medida que entraba en contacto más estrecho con ellos, vi que no era a través de los libros como se podía impartir la formación del espíritu.

Así como la formación física debía impartirse mediante el ejercicio físico, y la intelectual mediante el ejercicio intelectual, de igual modo la formación del espíritu solo era posible mediante el ejercicio del espíritu. Y el ejercicio del espíritu dependía por completo de la vida y el carácter del maestro. El maestro tenía que cuidar siempre sus modales, estuviera o no en medio de sus muchachos.

Es posible que un maestro situado a millas de distancia afecte el espíritu de sus alumnos por su modo de vida. Sería vano que yo, de ser un mentiroso, enseñara a los muchachos a decir la verdad.

Un maestro cobarde nunca lograría que sus alumnos fueran valientes, y un desconocido del autocontrol jamás podría enseñar a sus discípulos el valor del autocontrol.

Comprendí, por lo tanto, que debía ser una lección viva constante para los niños y niñas que vivían conmigo. Así se convirtieron en mis maestros, y aprendí que debía ser bueno y vivir con rectitud, aunque fuera solo por el bien de ellos. Puedo decir que la creciente disciplina y contención que me impuse en la Granja Tolstoy se debió en su mayor parte a esos pupilos míos.

Uno de ellos era salvaje, indócil, dado a la mentira y pendenciero. En una ocasión se puso de lo más violento. Yo estaba exasperado. Nunca castigaba a mis muchachos, pero esta vez estaba muy enojado. Traté de razonar con él. Pero se mantuvo inflexible e incluso intentó aventajarme.

Por fin tomé una regla que tenía a mano y le propiné un golpe en el brazo. Me temblaba la mano al golpearlo. Me atrevo a decir que él se dio cuenta. Esta fue una experiencia completamente nueva para todos ellos.

El muchacho gritó y suplicó que lo perdonaran. No lloró porque la golpiza le fuera dolorosa; él habría podido, si se lo hubiera propuesto, pagarme con la misma moneda, ya que era un joven de complexión robusta de die7 años [nota mental: diecisiete]; pero comprendió el dolor que me causaba verme empujado a ese recurso violento.

Nunca más después de este incidente volvió a desobedecerme. Pero todavía me arrepiento de esa violencia. Temo haber mostrado ante él ese día no el espíritu, sino la bestia que había en mí.

Siempre me he opuesto al castigo corporal. Solo recuerdo una ocasión en la que castigá físicamente a uno de mis hijos. Por lo tanto, hasta el día de hoy nunca he podido decidir si hice bien o mal al usar la regla.

Probablemente fue indebido, ya que estuvo motivado por la ira y el deseo de castigar. Si hubiera sido únicamente la expresión de mi angustia, lo habría considerado justificado. Pero en este caso el motivo fue mixto.

Este incidente me puso a pensar y me enseñó un método mejor para corregir a los estudiantes. No sé si ese método habría servido en la ocasión en cuestión. El muchacho pronto olvidó el incidente, y no creo que jamás haya mostrado una gran mejoría. Pero el incidente me hizo comprender mejor el deber de un maestro hacia sus alumnos.

Casos de mala conducta por parte de los muchachos ocurrieron a menudo después de esto, pero nunca recurrí al castigo corporal. Así, en mi empeño por impartir formación espiritual a los niños y niñas bajo mi cuidado, llegué a comprender cada vez mejor el poder del espíritu.

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