Playing the Husband
Por la época de mi matrimonio, se solían publicar unos pequeños panfletos que costaban un pice o un pie (ahora olvido cuánto), en los que se trataban el amor conyugal, la economía doméstica, los matrimonios infantiles y otros temas similares.
Siempre que me topaba con alguno de ellos, los leía de cabo a rabo, y era costumbre en mí olvidar lo que no me gustaba y llevar a la práctica todo lo que me agradaba.
La fidelidad de por vida a la esposa, inculcada en estos libritos como deber del esposo, quedó grabada de forma permanente en mi corazón. Además, la pasión por la verdad era innata en mí, por lo que serle infiel estaba fuera de toda duda. Y luego, había muy pocas probabilidades de que fuera infiel a esa tierna edad.
Pero la lección de fidelidad también tuvo un efecto desastroso.
«Si debo comprometer verme obligado a ser fiel a mi esposa, ella también debe comprometerse a serme fiel», me dije.
El pensamiento me convirtió en un marido celoso. El deber de ella se convirtió fácilmente en mi derecho a exigirle fidelidad, y si había que exigirla, yo sería celosamente tenaz con respecto a ese derecho. No tenía absolutamente ninguna razón para sospechar de la fidelidad de mi esposa, pero los celos no esperan razones.
Tenía que estar siempre vigilante en cuanto a sus movimientos y, por lo tanto, ella no podía ir a ninguna parte sin mi permiso. Esto sembró la semilla de una amarga disputa entre nosotros. La restricción era virtualmente una especie de encarcelamiento. Y Kasturbai no era la clase de muchacha que tolerara semejante cosa. Se empeñaba en salir siempre que quería y a donde le placía.
Una mayor restricción de mi parte resultaba en que ella se tomaba mayor libertad, y en que yo me enojaba cada vez más. Negarnos a hablarnos se convirtió así en la orden del día entre nosotros, niños casados.
Creo que fue bastante inocente por parte de Kasturbai haberse tomado esas libertades con mis restricciones. ¿Cómo iba a tolerar una muchacha inocente cualquier restricción para ir al templo o a visitar a sus amigos? Si yo tenía derecho a imponerle restricciones, ¿no tenía ella también un derecho similar? Todo esto me resulta claro hoy en día. ¡Pero en aquel entonces tenía que hacer valer mi autoridad como marido!
No crea el lector, sin embargo, que la nuestra era una vida de amargura ininterrumpida. Pues todos mis rigores se basaban en el amor. Yo quería hacer de mi esposa una esposa ideal. Mi ambición era hacerla vivir una vida pura, aprender lo que yo aprendía, e identificar su vida y su pensamiento con los míos.
No sé si Kasturbai tenía semejante ambición. Era analfabeta. Por naturaleza era sencilla, independiente, perseverante y, conmigo al menos, reticente. No le molestaba su ignorancia y no recuerdo que mis estudios la hubieran incitado jamás a emprender una aventura similar.
Imagino, por tanto, que mi ambición era totalmente unilateral. Mi pasión se centraba exclusivamente en una mujer y yo quería que fuera correspondida. Pero aun si no hubiera reciprocidad, no podía ser una desdicha totalmente ininterrumpida, ya que al menos de un lado había amor activo.
Debo confesar que estaba apasionadamente enamorado de ella. Ya en la escuela solía pensar en ella, y la idea del anochecer y nuestro posterior encuentro me perseguía constantemente. La separación era insoportable. Solía mantenerla despierta hasta altas horas de la noche con mis charlas ociosas.
Si a esta pasión devoradora no se hubiera sumado en mí un ardiente apego al deber, o habría caído presa de la enfermedad y de una muerte prematura, o me habría hundido en una existencia agobiante. Pero había que cumplir con las tareas asignadas cada mañana, y mentirle a cualquiera era algo totalmente fuera de lugar. Fue esto último lo que me salvó de muchos tropiezos.
Ya he dicho que Kasturbai era analfabeta. Yo deseaba mucho enseñarle, pero el amor lujurioso no me dejaba tiempo.
Por un lado, la enseñanza tenía que hacerse en contra de su voluntad, y además por la noche. No me atrevía a verla en presencia de los mayores, y mucho menos a hablar con ella. Kathiawad tenía entonces, y hasta cierto punto tiene incluso hoy, su propio Purdá peculiar, inútil y bárbaro.
Las circunstancias eran así desfavorables. Debo confesar, por tanto, que la mayoría de mis esfuerzos por instruir a Kasturbai en nuestra juventud no tuvieron éxito. Y cuando desperté del sueño de la lujuria, ya me había lanzado a la vida pública, lo cual no me dejaba mucho tiempo libre. Tampoco logré instruirla a través de tutores privados.
Como resultado, Kasturbai apenas puede escribir cartas sencillas y entender el guyaratí sencillo. Estoy seguro de que, si mi amor por ella hubiera estado totalmente exento de lujuria, hoy sería una mujer culta; pues entonces habría podido vencer su aversión por los estudios. Sé que nada es imposible para el amor puro.
He mencionado una circunstancia que más o menos me salvó de los desastres del amor lujurioso. Hay otra que vale la pena señalar.
Numerosos ejemplos me han convencido de que Dios en última instancia salva a aquel cuyo motivo es puro.
Junto con la cruel costumbre de los matrimonios infantiles, la sociedad hindú tiene otra costumbre que hasta cierto punto disminuye los males del primero. Los padres no permiten que las jóvenes parejas permanezcan juntas mucho tiempo. La esposa-niña pasa más de la mitad de su tiempo en casa de su padre. Tal fue el caso con nosotros. Es decir, durante los primeros cinco años de nuestra vida conyugal (desde los 13 hasta los 18 años), no pudimos haber vivido juntos por un período total mayor de tres años.
Apenas habríamos pasado seis meses juntos cuando llegaba un llamado para mi esposa de parte de sus padres. Esos llamados eran muy poco bienvenidos en aquellos días, pero nos salvaron a ambos.
A la edad de dieciocho años fui a Inglaterra, y esto significó un largo y saludable período de separación. Incluso después de mi regreso de Inglaterra apenas estuvimos juntos más de seis meses. Pues tenía que viajar constantemente entre Rajkot y Bombay. Luego vino el llamado de Sudáfrica, y eso me encontró ya bastante libre del apetito carnal.