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nydus/The Story of My Experiments with TruthPublic
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XXXVIII

Mi participación en la guerra

A mi llegada a Inglaterra supe que Gokhale se había quedado varado en París, adonde había ido por motivos de salud, y como la comunicación entre París y Londres se había cortado, no había forma de saber cuándo regresaría. No quería volver a casa sin haberle visto, pero nadie podía asegurar con certeza cuándo llegaría.

¿Qué debía hacer yo entonces mientras tanto? ¿Cuál era mi deber respecto a la guerra?

Sorabji Adajania, mi compañero de prisión y satyagrahi, cursaba entonces estudios de derecho en Londres. Como uno de los mejores satyagrahis, había sido enviado a Inglaterra para recibirse de abogado, de modo que pudiera ocupar mi lugar a su regreso a Sudáfrica. El doctor Pranjivandas Mehta corría con sus gastos.

Con él, y a través de él, me reuní en consulta con el doctor Jivraj Mehta y otros que cursaban sus estudios en Inglaterra. De acuerdo con ellos, se convocó una asamblea de los residentes indios en Gran Bretaña e Irlanda. Expuse mis puntos de vista ante ellos.

Sentía que los indios residentes en Inglaterra debían aportar su granito de arena en la guerra. Los estudiantes ingleses se habían ofrecido como voluntarios para servir en el ejército, y los indios no podían hacer menos.

Se opusieron varios reparos a este razonamiento. Se sostenía que había un abismo de diferencia entre los indios y los ingleses. Nosotros éramos esclavos y ellos eran los amos. ¿Cómo podía un esclavo cooperar con el amo en el momento de necesidad de este último? ¿No era acaso deber del esclavo, que aspiraba a ser libre, hacer de la necesidad del amo su propia oportunidad?

Este argumento no logró persuadirme entonces. Yo conocía la diferencia de estatus entre un indio y un inglés, pero no creía que hubiéramos quedado reducidos del todo a la esclavitud. Sentía entonces que era más culpa de los funcionarios británicos individuales que del sistema británico y que podíamos convertirlos mediante el amor. Si queríamos mejorar nuestro estatus a través de la ayuda y la cooperación de los británicos, era nuestro deber ganarnos su ayuda apoyándoles en su hora de necesidad.

Aunque el sistema era defectuoso, no me parecía intolerable, como lo es hoy. Pero si, habiendo perdido la fe en el sistema, me niego a cooperar con el Gobierno británico hoy en día, ¿cómo podrían hacerlo entonces aquellos amigos, habiendo perdido la fe no solo en el sistema sino también en los funcionarios?

Los amigos de la oposición sintieron que esa era la hora de hacer una declaración audaz de las demandas indias y de mejorar el estatus de los indios.

Pensé que la necesidad de Inglaterra no debía convertirse en nuestra oportunidad, y que era más digno y clarividente no presionar nuestras demandas mientras durara la guerra. Por lo tanto, mantuve mi consejo e invité a quienes quisieran a alistarse como voluntarios. Hubo una buena respuesta, y prácticamente todas las provincias y todas las religiones estuvieron representadas entre los voluntarios.

Escribí una carta a lord Crewe, poniéndole al tanto de estos hechos y manifestando nuestra disposición a recibir formación para el servicio de ambulancias, si eso se consideraba una condición previa para la aceptación de nuestro ofrecimiento.

Lord Crewe aceptó la oferta tras algunas vacilaciones, y nos agradeció que hubiéramos ofrecido nuestros servicios al Imperio en aquella hora crítica.

Los voluntarios comenzaron su formación preliminar en primeros auxilios a los heridos bajo la dirección del conocido Dr. Cantlie. Fue un curso breve de seis semanas, pero abarcó la totalidad de los primeros auxilios.

Éramos una clase de unos ochenta. En seis semanas fuimos examinados, y todos menos uno aprobaron.

Para estos, el Gobierno proporcionó ahora instrucción militar y otro tipo de entrenamiento. El coronel Baker fue puesto al frente de esta labor.

Londres en aquellos días era un espectáculo digno de verse. No había pánico, pero todos se afanaban en ayudar lo mejor que podían.

Los adultos aptos comenzaron a entrenarse como combatientes, pero ¿qué debían hacer los ancianos, los enfermos y las mujeres? Había trabajo suficiente para ellos, si así lo deseaban.

Así pues, se emplearon en cortar y confeccionar ropa y vendajes para los heridos.

El Liceo, un club de señoras, se propuso confeccionar toda la ropa que pudiera para los soldados. Shrimati Sarojini Naidu era miembro de este club y se entregó de todo corazón a la labor.

Esta fue mi primera toma de contacto con ella. Me presentó un montón de prendas cortadas según el patrón y me pidió que las hiciera coser todas y se las devolviera.

Saludé su petición con agrado y, con la ayuda de unos amigos, conseguí confeccionar toda la ropa que me fue posible durante mi formación en primeros auxilios.

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