Una tragedia (continuación)
Así llegó el día. Es difícil describir por completo mi estado. Por un lado, estaba el fervor por la «reforma» y la novedad de emprender un rumbo trascendental en la vida. Por el otro, la vergüenza de esconderme como un ladrón para hacer precisamente eso. No puedo decir cuál de los dos me dominaba más. Fuimos en busca de un lugar solitario junto al río y allí vi, por primera vez en mi vida, carne. Había también pan de tahona. No disfruté de ninguna de las dos cosas. La carne de cabra era dura como el cuero. Simplemente no pude comerla. Me sentí mal y tuve que dejar de comer.
Tuve una noche muy mala después. Una pesadilla horrible me persiguió. Cada vez que me quedaba dormido, me parecía como si una cabra viva balara dentro de mí, y me incorporaba de un salto lleno de remordimiento. Pero entonces me recordaba a mí mismo que comer carne era un deber y así me ponía más alegre.
Mi amigo no era hombre que se rindiera fácilmente. Comenzó entonces a cocinar diversas delicias con carne y a aderezarlas con esmero. Y para comer ya no se elegía aquel rincón apartado junto al río, sino una casa de Estado, con su comedor, sus mesas y sus sillas, que mi amigo había dispuesto en connivencia con el cocinero jefe del lugar.
Este cebo surtió efecto. Superé mi repugnancia por el pan, renuncié a mi compasión por las cabras y pasé a disfrutar de los platos de carne, si no de la carne misma.
Esto duró aproximadamente un año. Pero en total no disfrutamos de más de media docena de banquetes de carne, porque la casa del Estado no estaba disponible todos los días y existía la evidente dificultad de preparar frecuentemente platos de carne sabrosos y costosos.
Yo no tenía dinero para pagar esta «reforma». Por lo tanto, mi amigo siempre tenía que conseguir los medios. Yo no tenía idea de dónde los conseguía. Pero los conseguía, porque estaba empeñado en convertirme en un consumidor de carne. Sin embargo, sus propios medios debían de ser limitados y, por ello, estos banquetes tenían que ser necesariamente escasos y espaciados.
Siempre que tenía ocasión de darme estos festines furtivos, cenar en casa estaba fuera de discusión. Mi madre naturalmente me pedía que fuera a tomar mis alimentos y quería saber la razón por la cual no deseaba comer.
Yo le decía: «Hoy no tengo apetito; algo va mal en mi digestión».
No era sin remordimiento que ideaba estos pretextos. Sabía que estaba mintiendo, y mintiéndole a mi madre. También sabía que, si mi madre y mi padre llegaban a saber que me había vuelto carnívoro, se sentirían profundamente consternados. Este conocimiento me carcomía el corazón.
Por tanto, me dije a mí mismo:
«Aunque es esencial comer carne, y también es esencial adoptar la “reforma” alimentaria en el país, engañar y mentir a padre y madre es peor que no comer carne. En vida de ellos, por tanto, comer carne queda totalmente descartado. Cuando ya no estén y haya encontrado mi libertad, comeré carne abiertamente, pero hasta que llegue ese momento me abstendré de ella».
Esta decisión se la comuniqué a mi amigo, y desde entonces nunca he vuelto a comer carne. Mis padres nunca supieron que dos de sus hijos se habían vuelto carnívoros.
Renuncié a la carne por la pureza de mi deseo de no mentir a mis padres, pero no renuncié a la compañía de mi amigo. Mi celo por reformarlo había resultado desastroso para mí, y durante todo el tiempo fui completamente inconsciente de ello.
La misma compañía me habría llevado a ser infiel a mi esposa. Pero me salvé por los pelos.
Un amigo me llevó una vez a un burdel. Me mandó dentro con las instrucciones necesarias. Estaba todo apalabrado. La cuenta ya se había pagado.
Entré en las fauces del pecado, pero Dios en Su infinita misericordia me protegió de mí mismo. Estuve a punto de quedarme ciego y mudo en este antro de vicio. Me senté cerca de la mujer en su cama, pero me quedé sin habla. Como es natural, ella perdió la paciencia conmigo y me echó a patadas, entre improperios e insultos.
Sentí entonces como si mi hombría hubiera quedado herida, y deseé que la tierra me tragase de vergüenza. Pero desde entonces no he dejado de dar gracias a Dios por haberme salvado.
Puedo recordar otros cuatro incidentes similares en mi vida, y en la mayoría de ellos mi buena fortuna, más que cualquier esfuerzo por mi parte, me salvó.
Desde un punto de vista estrictamente ético, todas estas ocasiones deben considerarse como debilidades morales: pues el deseo carnal estaba ahí, y equivalía al acto.
Pero desde el punto de vista ordinario, un hombre que se salva de cometer físicamente el pecado es considerado un salvado. Y yo me salvé solo en ese sentido.
Hay ciertas acciones de las cuales la huida es una gracia divina tanto para el hombre que huye como para quienes lo rodean. El hombre, tan pronto como recupera la conciencia del bien, agradece a la Divina misericordia dicha huida. Así como sabemos que un hombre a menudo sucumbe a la tentación, por mucho que se resista a ella, también sabemos que la Providencia intercede a menudo y lo salva a pesar de sí mismo. Cómo sucede todo esto —hasta qué punto el hombre es libre y hasta qué punto es una criatura de las circunstancias—, hasta qué punto entra en juego el libre albedrío y dónde hace su aparición el destino, todo esto es un misterio y seguirá siendo un misterio.
Pero para continuar con la historia. Aun esto estuvo muy lejos de abrirme los ojos a la maldad de la compañía de mi amigo. Me aguardaban, por lo tanto, muchos más tragos amargos, hasta que mis ojos se abrieron en realidad mediante una demostración ocular de algunos de sus deslices que yo no esperaba en absoluto. Pero hablaré de ellos más adelante, ya que avanzamos cronológicamente.
Una cosa, sin embargo, debo mencionar ahora, ya que pertenece al mismo período.
Una de las razones de mis desacuerdos con mi esposa fue sin duda la compañía de este amigo. Yo era un esposo tan devoto como celoso, y este amigo avivó la llama de mis sospechas sobre mi esposa. Nunca pude dudar de su veracidad. Y jamás me he perdonado la violencia de la que fui culpable al haber hecho sufrir a menudo a mi esposa actuando según sus informaciones.
Quizás solo una esposa hindú toleraría estas penalidades, y por eso he considerado a la mujer como una encarnación de la tolerancia.
- Un criado injustamente sospechoso puede dejar su empleo,
- un hijo en el mismo caso puede abandonar el techo de su padre,
- y un amigo puede poner fin a la amistad.
La esposa, si sospecha de su esposo, guardará silencio, pero si el esposo sospecha de ella, está arruinada. ¿A dónde va a ir? Una esposa hindú no puede solicitar el divorcio en un tribunal. La ley no tiene remedio para ella. Y nunca podré olvidar ni perdonarme el haber llevado a mi esposa a esa desesperación.
La úlcera de la sospecha fue erradicada únicamente cuando comprendí el Ahimsa en todas sus dimensiones.
Vi entonces la gloria del brahmacharya y comprendí que la esposa no es la esclava del marido, sino su compañera y su colaboradora, y una socia en pie de igualdad en todas sus alegrías y penas—tan libre como el marido para elegir su propio camino.
Cada vez que pienso en aquellos días oscuros de dudas y sospechas, me invade la repugnancia hacia mi insensatez y mi crueldad lujuriosa, y deploro mi ciega devoción hacia mi amigo.