levantándose—, debes sentarte en mi sillón mientras te traigo el regalo que he estado preparando para ti. Te dije que mi hilado era para ti. Ya está terminado, y voy a buscarlo. Lo he tenido guardado y calentito bajo una de mis palomas empollando.
Irene se sentó en la silla baja, y su abuela la dejó, cerrando la puerta tras de sí. La niña se quedó mirando, ora el fuego de color rosa, ora las paredes estrelladas, ora la luz plateada; y una gran quietud creció en su corazón. Si todos los gatos de patas largas del mundo se hubiesen abalanzado sobre ella en ese momento, no les habría tenido miedo ni por un segundo. Cómo era esto no sabría decirlo; solo sabía que no había miedo en ella, y que todo era tan correcto y seguro que este no podía entrar.
Había estado contemplando la hermosa lámpara fijamente durante unos minutos; al girar los ojos, descubrió que