Un breve capítulo sobre Curdie
Curdie pasó muchas noches en la mina. Su padre y él le habían contado el secreto a la señora Peterson, pues sabían que la madre sabía guardar silencio, lo cual era más de lo que podía decirse de las mujeres de todos los mineros.
Pero Curdie no le dijo que cada noche que pasaba en la mina, una parte la empleaba en ganarse una nueva enagua roja para ella.
¡La señora Peterson era una madre tan buena y tan amable! Todas las madres son amables y buenas más o menos, pero la señora Peterson era amable y buena por partida doble y sin restar nada. Ella fabricaba y mantenía un pequeño cielo en aquella pobre cabaña de la colina alta, al que su esposo y su hijo podían regresar huyendo de la baja y bastante sombrilla tierra en la que trabajaban. Dudo que la princesa fuera mucho más feliz, ni siquiera en los brazos de su inmensa bisabuela, de lo que eran Peter y Curdie en los brazos de la señora Peterson. Es verdad que sus manos eran duras, agrietadas y grandes, pero se debían al trabajo que hacía con ellas; y por eso, ante los ojos de los ángeles, sus manos eran mucho más hermosas. Y si Curdie trabajaba duro para conseguirle una enagua, ella trabajaba duro todos los días para procurarle comodidades que él habría echado de