—¡Ahora, Curdie! —dijo la princesa, mientras él la alzaba hasta los brazos de su padre—, ya ves que mi abuela lo sabe todo al respecto, y no está asustada. Creo que ella podría caminar a través de esa agua y no la mojaría ni un poco.
—Pero, hija mía —dijo el rey—, tendrás frío si no llevas algo más encima. Corre, Curdie, muchacho, y trae lo primero que pilles para abrigar a la princesa. Nos espera un largo viaje.
Curdie desapareció en un momento y pronto regresó con una gran piel suntuosa y la noticia de que duendes muertos flotaban a la deriva en la corriente que atravesaba la casa. Habían caído en su propia trampa; en vez de la mina, habían inundado su propio país, de donde ahora salían arrastrados y ahogados. Irene se estremeció, pero el rey la apretó contra su pecho. Luego se volvió hacia Sir Walter y dijo:
—Traigan aquí al padre y a la madre de Curdie.
—Deseo —dijo el rey, cuando estuvieron ante él—, llevar a mi hijo conmigo. Entrará a formar parte de mi guardia personal de inmediato y aguardará futuros ascensos.
Peter y su mujer, abrumados, apenasmurmuraron unos agradecimientos casi inaudibles. Pero Curdie habló en voz alta.
—Por favor, Majestad —dijo—, no puedo dejar a mi padre y a mi madre.
—¡Así es, Curdie! —gritó la princesa—. Yo no lo haría si fuera tú.
El rey miró a la princesa y luego a Curdie con un brillo de satisfacción en el rostro.
—Yo también creo que tienes razón, Curdie —dijo—, y no te lo volveré a pedir. Pero tendré la oportunidad de hacer algo por ti en algún momento.