La aterró la sola idea, pero, sin perder tiempo, se puso a trabajar con entusiasmo; y con la espalda dolorida y los dedos y las manos ensangrentados, continuó trabajando, sostenida por el placer de ver cómo el montón disminuía lentamente y empezaba a acumularse al otro lado del fuego.
Otra cosa que la ayudó a mantener el ánimo fue que, cada vez que descubría una vuelta del hilo, en vez de quedar flojo sobre la piedra, este se tensaba; lo que la convencía de que su abuela estaba en algún lugar al otro extremo.
Había bajado más o menos hasta la mitad cuando dio un sobresaltó y casi se cae del susto. Muy cerca de sus oídos, o eso le pareció, una voz estalló en un canto:
“¡Parloteo, fastidio, destrozo! Todo acabará en un trozo. ¡Parloteo, destrozo, fastidio! Sufriréis el peor barullo y vertido. ¡Destrozo, fastidio, parloteo!—”
Aquí se detuvo Curdie, ya fuera porque no encontraba una rima para «parlar», o porque recordó lo que había olvidado al despertarse con el sonido de los esfuerzos de Irene: que su plan era hacer creer a los duendes que se estaba debilitando. Pero había dicho lo suficiente como para que Irene supiera quién era.
—¡Es Curdie! —exclamó con alegría.
—¡Chitón! ¡chitón! —volvió a oírse la voz de Curdie desde alguna parte—. Habla bajito.
—¡Vaya, si estabas cantando fuerte! —dijo Irene.
“Sí. Pero ellos saben que estoy aquí, y no saben que tú estás. ¿Quién eres?”