asombro el torrente que brotaba, el cual brillaba feroz y espumoso a través de la noche. Allí se les reunió Curdie.
—Ahora, Curdie —dijo el rey—, ¿qué significa esto? ¿Es esto lo que esperabas?
—Así es, Majestad —dijo Curdie; y procedió a contarle sobre el segundo plan de los goblins, quienes, imaginando que los mineros eran más importantes para el mundo superior de lo que en realidad eran, habían decidido, si fallaban en el intento de raptar a la hija del rey, inundar la mina y ahogar a los mineros.
Luego explicó lo que los mineros habían hecho para evitarlo. Los goblins, en cumplimiento de su propósito, habían liberado todos los arroyos y embalses subterráneos, esperando que el agua fluyera hacia la mina, que estaba más abajo que la parte de la montaña donde ellos se encontraban, pues habían abierto un pasaje hacia ella, según creían, ignorando la existencia de la sólida pared ubicada justo detrás.
Pero la salida más fácil que el agua pudo encontrar resultó ser el túnel que habían cavado hacia la casa del rey, cuya catástrofe posible no se le había ocurrido al joven minero hasta que apoyó el oído contra el suelo del vestíbulo.
¿Qué había entonces que hacer? La casa parecía correr peligro de derrumbarse, y a cada momento crecía el torrente.
—Debemos partir de inmediato —dijo el rey—. ¡Pero cómo llegar hasta los caballos!
—¿Quieres que vea si podemos arreglárnoslas con eso? —dijo Curdie.
—Hazlo —dijo el rey.
Curdie reunió a los hombres de armas, los hizo saltar la pared del jardín y los llevó a las caballeras. Encontraron a sus caballos aterrorizados;