Así que volvió a arrastrarse sobre la losa y entró en el agujero con la antorcha en la mano. Pero cuando miró a su alrededor, no pudo verla por ninguna parte. Y entonces descubrió que, aunque el agujero era estrecho, era mucho más largo de lo que había supuesto; pues en una dirección el techo bajaba mucho y el agujero se adentraba en un pasadizo angosto cuyo final no alcanzaba a ver. La princesa debía de haberse metido por allí. Se puso a gatas, apoyando una mano y sosteniendo la antorcha con la otra, y avanzó tras ella arrastrándose. El agujero serpenteaba; en algunos tramos era tan bajo que apenas lograba pasar, en otros tan alto que no alcanzaba a ver el techo, pero por todas partes era estrecho —demasiado estrecho para que un gnomo pudiera pasar, por lo que supongo que nunca pensaron que Curdie sí podría—. Ya empezaba a sentirse muy incómodo por miedo a que le hubiera sucedido algo a la princesa, cuando oyó la voz de esta casi junto a su oreja, susurrando:
—¿No vienes, Curdie?
Y cuando dobló la siguiente esquina, allí estaba ella esperándolo.
—Sabía que no podías equivocarte en ese estrecho agujero, pero ahora debes mantenerte junto a mí, porque aquí hay un lugar muy ancho —dijo ella.
—No lo entiendo —dijo Curdie, medio para sí, medio para Irene.
—No importa —contestó ella—. Espera a que salgamos.
Curdie, sumamente asombrado de que hubiera llegado ya tan lejos, y por un sendero del que no sabía nada, pensó que era mejor dejarla hacer lo que quisiera. —En cualquier caso —se dijo de nuevo—, no sé nada del camino, minero que soy; y ella parece creer que sabe algo al respecto, aunque cómo es posible supera mi comprensión. Así que es tan probable que