Pero antes de que pasaran dos noches, ya tenía a uno de su parte, porque él también había visto algo extraño, solo que muy diferente a lo relatado por el otro. La descripción que el segundo hombre dio de la criatura que había visto era aún más grotesca e improbable. Ambos fueron blanco de las burlas del resto; pero noche tras noche otro se pasaba a su bando, hasta que al final solo quedó uno para reírse de todos sus compañeros.
Pasaron dos noches más y no vio nada; pero a la tercera llegó corriendo desde el jardín hasta los otros dos que estaban frente a la casa, con tal agitación que declararon —pues ahora les tocaba a ellos— que la correa de su casco se estaba partiendo bajo la barbilla debido a que se le erizaba el cabello por dentro. Corriendo con él hacia aquella parte del jardín que ya he descrito, vieron una veintena de criaturas, a ninguna de las cuales pudieron dar nombre, y ninguna de las cuales se parecía a otra, espantosas y ridículas a la vez, retozando en el césped a la luz de la luna.
La sobrenatural o más bien subnatural fealdad de sus rostros, la longitud de las piernas y los cuellos en unos, la aparente ausencia de ambas o de cualquiera en otros, hacía que los espectadores, aunque acordes unánimes en cuanto a lo que veían, dudaran aún, como he dicho, de la evidencia de sus propios ojos—y también de los oídos; pues los ruidos que emitían, aunque no fuertes, eran tan extraños y variados como sus formas, y no podían describirse ni como gruñidos ni como chillidos ni como rugidos ni como aullidos ni como ladridos ni como berridos ni como gritos ni como ronquidos ni como siseos ni como maullidos ni como alaridos, sino tan solo como algo semejante a todos ellos mezclados en una horrible disonancia.
Manteniéndose en la sombra, los observadores tuvieron unos momentos para recuperarse antes de que la odiosa asamblea sospechara su presencia; pero de repente, como por común acuerdo, salieron escopetados en dirección a una gran roca y desaparecieron antes de que