patas de zanco. Sin atreverse a mirar atrás, salió a toda prisa por la puerta y montaña arriba. Era verdaderamente una insensatez—huir así, cada vez más lejos de todos los que podían ayudarla, como si hubiera estado buscando un lugar adecuado para que la criatura duende se la comiera a su ritmo—; pero así es como nos trata el miedo: siempre se pone del lado de aquello a lo que tememos.
La princesa pronto se quedó sin aliento de tanto correr cuesta arriba; pero siguió corriendo, pues se imaginaba a la horrible criatura justo detrás de ella, olvidando que, de haberla estado persiguiendo, unas piernas tan largas como aquellas la habrían alcanzado hacía mucho tiempo. Por fin ya no pudo correr más, y cayó, incapaz incluso de gritar, al borde del camino, donde yació durante un buen rato medio muerta de terror.
Pero al ver que nada la retenía, y al empezarle a volver el aliento, se atrevió por fin a incorporarse a medias y a mirar ansiosa a su alrededor.
Estaba tan oscuro que ya no veía nada. Ni una sola estrella brillaba. Ni siquiera acertaba a adivinar en qué dirección quedaba la casa, y se imaginaba a la espantosa criatura agazapada entre ella y su hogar, lista para abalanzarse sobre ella. Comprendía ahora que debió haber subido las escaleras de inmediato.
Menos mal que no dio un grito; pues, aunque hacía semanas que casi ninguno de los trasgos salía, algún que otro vago despistado podría haberla oído.
Se sentó sobre una piedra, y nadie, salvo alguien que hubiera hecho algo indebido, podría haberse sentido más desgraciada. Había olvidado por completo su promesa de visitar a su abuela.
Una gota de lluvia cayó sobre su rostro. Miró hacia arriba, y por un momento su terror se desvaneció en el asombro.