—¿Pero qué haremos cuando estés en el palacio? —preguntó ella.
“Te veré a salvo en la nueva casa que he estado cavando para ti durante los últimos dos meses. Podge, ocúpate de la mesa y las sillas. Te las encomiendo. La mesa tiene siete patas, cada silla tres. Te las reclamaré todas a su debido tiempo”.
Tras esto se inició una confusa conversación sobre los diversos enseres domésticos y su transporte; y Curdie no oyó nada más que tuviera alguna importancia.
Ahora conocía al menos una de las razones del sonido constante de los martillos y picos de los trasgos por la noche. Estaban haciéndose nuevas casas, a las cuales podían retirarse cuando los mineros amenazaran con irrumpir en sus moradas. Pero había aprendido dos cosas de mucha mayor importancia. La primera era que se estaba gestando una calamidad terrible, casi lista para caer sobre las cabezas de los mineros; la segunda era —el único punto débil del cuerpo de un trasgo— que no sabía que sus pies fueran tan delicados como ahora tenía motivos